El grito del silencio es el nombre del libro escrito por el doctor Bernard Nathanson, ginecólogo norteamericano quien fue considerado ‘el rey del aborto’. Confesó que había realizado más de 60.000 abortos, luchó por impulsar el aborto libre y legal, mientras criticaba a los movimientos provida. Llegó a practicar el aborto de su hijo, y este hecho cambió su vida: dejó la clínica abortista y pasó a ser jefe de obstetricia del Hospital de St. Luke’s. En 1984 la nueva tecnología del ultrasonido hacía su aparición y cuando escuchó el corazón del feto en los monitores electrónicos, reconoció que existía vida desde el momento de la concepción y el aborto es un crimen, y en 1969 fundó la Asociación Nacional para la Revocación de las Leyes del Aborto. Llegó a la conclusión de que en el primer trimestre de vida los seres humanos en gestación son capaces de sentir dolor.

La madre santa Teresa de Calcuta dijo: “Yo imagino que el grito de esos pobrecitos que son asesinados antes de nacer debe llegar hasta Dios”. Y Juan Pablo II acotó: “La nación que mata a sus propios hijos es una nación sin futuro”. Esta vida que está en gestación no tiene las mínimas posibilidades de defenderse contra las amenazas externas, su única protección es su madre, y cuando ella no lo hace, hay ‘médicos’ que se prestan para un asesinato. ¿Será por el vil metal o será por falta de valores?

El aborto no cura nada, sino que mata a un ser humano inocente e indefenso y produce secuelas psicológicas a la madre, que perdurarán durante su vida. La misión del médico desde siempre ha sido salvar la vida, curar las enfermedades. Al niño que se gesta en el vientre de su madre, ¿por qué matarlo? Si el embarazo se produce por violación, no debe matarse al ser inocente, sino castigar al violador; lo que se puede hacer es que la madre dé en adopción, así no se pierde una vida y ayuda a esposos que no pueden tener hijos. (O)

Elvira Gabriela Morla Larrea, abogada, Guayaquil