A nivel mundial, la inclusión se ha vuelto cada vez más común en nuestro lenguaje cotidiano y está transformando la manera en que pensamos, sentimos y actuamos frente a la diversidad y las necesidades específicas de las personas en todos los ámbitos.

En Ecuador tenemos nuestra propia historia. El término inclusión surge por primera vez en la Constitución de 2008 y se repite en leyes, discursos y documentos institucionales con admirable frecuencia, lo que constituye, por sí solo, un logro importante. Sin embargo, en la vida cotidiana (en aulas, oficinas y espacios sociales y laborales) la experiencia de muchas personas sigue marcada por barreras. No son solo físicas, también son actitudes, desconocimiento y, a veces, indiferencia; es decir, la norma, por sí sola, no garantiza la valoración de la diversidad ni una inclusión real.

Desde una mirada amplia, la inclusión efectiva implica transformar la forma en que pensamos, actuamos y convivimos. No basta con cumplir lo establecido adaptando infraestructura o cumpliendo protocolos. Se requieren acciones reales de todos, sensibilización, empatía y, sobre todo, voluntad de cambio. Existen muchas instituciones que han avanzado en lo normativo, pero aún están en proceso (o incluso rezagadas) en la práctica. Se sigue confundiendo integración con inclusión: permitir el acceso no garantiza inclusión.

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La pregunta entonces no es si tenemos normas o si las instituciones están preparadas, sino si estamos dispuestos a aplicarlas con coherencia y humanidad. La inclusión no debería ser un requisito que se cumple, sino un compromiso que se siente. El reto es grande, pero posible: escuchar a quienes han sido históricamente excluidos, formar a quienes toman decisiones y construir espacios donde la diversidad no sea un problema que resolver, sino una riqueza que reconocer. Solo entonces podremos decir, con honestidad, que estamos avanzando de la norma a una inclusión verdadera. (O)

Silvia Eugenia Torres Díaz, docente de la UIDE, Loja