“La vida tiene sus expectativas. Somos producto de las circunstancias”, como solía repetir Ortega y Gasset. Venimos sin que nos llamen y, de repente, estamos como invitados en un mundo desconocido que otros –mal o bien– ya estructuraron.
He dedicado gran parte de mi vida a leer todo lo relacionado con la adolescencia, con el afán de entender esta etapa de la vida del humano que, más que conflictiva, resulta interesante. Es como una planta cuando explosiona en flor. La etapa en la cual el menor tiene varios descubrimientos, en los niños tienen el cambio de voz o el crecimiento del bigote; y en el caso de las niñas, ellas experimentan su menstruación. Mientras que, en lo emotivo, vendrán las primeras tormentas que habrá que apaciguar.
Muchas son las necesidades psicosociales apremiantes que reclama el adolescente, según Schneider, quien ha intentado una clasificación lógica, que él la identifica como factores motivantes. Sostiene que el adolescente necesita tener valores, ideales y razones que le sirvan de base para ver mejor el mundo. Necesita autonomía y libertad controlada. Seguridad de que alguien guiará por el buen camino sus juicios y decisiones. Con frecuencia, su espíritu aventurero se refugiará en actividades evasivas, propias de su edad: música, televisión, cine, etc., Sentirá necesidad de afecto y de adaptación al grupo. Una de las cosas más importantes, en ese momento, es el aprendizaje del amor.
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Y el desarrollo sexual hay que mirarlo desde esta perspectiva. Su madurez no es puramente fisiológica; es, sobre todo, madurez del amor. Y, a la inversa, separar a la persona de su condición biológica es un error científico y fisiológico fatal. Al respecto, Griese dice que “la capacidad de control sexual es la mejor información del grado de madurez personal de un individuo”. (O)
Hugo Alexander Cajas Salvatierra, médico y comunicador social, Milagro


















