En Ecuador, enfermarse se ha convertido en un acto de riesgo. No por la enfermedad en sí, sino por el sistema que debería atenderla. Hoy, como médico especialista que trabaja dentro del sistema público, afirmo con responsabilidad: existe un temor real a enfermarse en nuestro país. No es una percepción aislada; es una experiencia cotidiana compartida por pacientes y profesionales de la salud.
El Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), pilar fundamental del sistema sanitario, enfrenta un futuro incierto. En el ámbito hospitalario, la realidad es aún más cruda. Infraestructuras vetustas, con mantenimiento reactivo e ineficiente, evidencian una gestión repetitiva y fallida. Hospitales donde conviven animales –perros, gatos e incluso roedores– no son una anécdota, sino un indicador de abandono. Centros de salud sin climatización adecuada se convierten en ambientes propicios para infecciones nosocomiales.
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La centralización de la compra de medicamentos ha demostrado ser un error en el contexto ecuatoriano, generando desabastecimiento y obligando a los pacientes a adquirir sus tratamientos por cuenta propia.
Hay médicos comprometidos, frustrados, agotados. Profesionales que enfrentan la imposibilidad de ofrecer tratamientos adecuados por falta de recursos. Ver morir pacientes con enfermedades tratables por retrasos diagnósticos es inaceptable.
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El sistema de salud ecuatoriano necesita decisiones técnicas, planificación a largo plazo y respeto por quienes lo sostienen día a día. (O)
Andrés Triviño Pinto, médico internista, Guayaquil