Desde un foro internacional, con la solemnidad ensayada de quien habla para el mundo y no para su gente, el presidente anunció las buenas nuevas: “El nuevo Ecuador ha resolvido”. La frase cae como sentencia. No importa si suena extraña, si está mal dicha o si no significa nada: lo importante es que suene a victoria.
Al puro estilo orwelliano, Noboa destaca logros y hazañas. Construye un país verbalmente funcional, políticamente presentable, exportable en formato discurso. Pero la realidad –esa que no cabe en la agenda diplomática– no podría estar más alejada de lo que se proclama ante los escenarios apabullantes de los foros internacionales.
La verdad, cuando el poder la toma como materia prima, deja de ser verdad y se convierte en un material maleable. Se manipula, se distorsiona, se acomoda. Y llega un punto en que empezamos a dudar de lo más elemental: si estamos viendo lo que vemos o si, en realidad, nos falta escuchar el discurso correcto.
Publicidad
Así lo distópico deja de parecer exageración y se vuelve rutina. Lo absurdo se instala como normalidad. Y el “Nuevo Ecuador” no aparece como proyecto: aparece como narrativa.
La muestra más grande de este discurso está en la seguridad. Con todas las ínfulas de un estadista consolidado, el presidente afirma ante sus contertulios: “La seguridad está resuelta”. Mientras suenan balazos, caen casquillos y se asesina despiadadamente.
La seguridad está tan “resolvida”, perdón, tan resuelta, que el Ecuador ha mantenido una tendencia “positiva” en homicidios: creciendo sostenidamente y rompiendo récords, 2025 fue el año más violento de nuestra historia, según datos publicados en medios de comunicación. Pero claro: para un gobierno miope, cualquier indicador en ascenso puede interpretarse como éxito, siempre que se lo diga con voz firme y se lo repita con suficiente convicción.
Publicidad
Mientras el Gobierno siga en negocios, la gente cae como moscas y el país continúa sin rumbo claro. Porque cuando el lenguaje se transforma, también se modifica el pensamiento. Y cuando el poder redefine las palabras, no solo maquilla la realidad: la reescribe. Es así como podemos decir que el Nuevo Ecuador sí ha “resolvido”, aunque todavía no haya resuelto. (O)
Mateo Luzuriaga, politólogo, Quito


















