Ecuador no enfrenta hoy una crisis de falta de recursos, sino una crisis de comprensión económica. Mientras el debate público se diluye en la politiquería de corto plazo, el país atraviesa una coyuntura excepcional: el precio spot del oro se cotiza en niveles históricamente altos, superando los $ 4.300 - $ 4.500 por onza troy en los mercados internacionales. Para una economía dolarizada, con acceso restringido al financiamiento externo, este hecho no es anecdótico: representa una oportunidad estratégica que puede incidir directamente en la sostenibilidad fiscal del país.
La revalorización del oro fortalece el valor de las reservas internacionales, mejora la presentación de los balances nacionales y contribuye a reforzar los indicadores de solvencia que observan los mercados y los organismos multilaterales. La deuda pública no se reduce en términos nominales, pero sí mejora su sostenibilidad relativa, al disminuir la presión que ejerce sobre los activos del Estado. En otras palabras, el país se muestra más sólido, menos vulnerable y con mayor capacidad de respaldo ante sus compromisos externos.
La jugada maestra consiste en utilizar correctamente este precio histórico del oro en la contabilidad nacional para fortalecer la presentación de los balances del país ante la comunidad financiera internacional, mejorar la percepción de riesgo que ya está por debajo de los 500 puntos y abrir la posibilidad de acceder a financiamiento externo en mejores condiciones. No se trata de endeudarse más por endeudarse, sino de endeudarse mejor, con criterio estratégico y visión de largo plazo.
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Lo que deben entender los políticos de turno y quienes hoy gobiernan es que esta constituye una oportunidad histórica para que el Ecuador acceda a deuda verdaderamente productiva, y no para seguir financiando gasto corriente ni parches fiscales de corto plazo. El contexto actual permite pensar en un endeudamiento con propósito: inversión que genere crecimiento, empleo y recaudación futura sin más impuestos.
Apostar por el fortalecimiento del sector productivo de la Sierra central y sur, mediante vialidad adecuada que reduzca costos logísticos y conecte mercados, y al mismo tiempo invertir en seguridad en la Costa para consolidar y proteger las exportaciones de banano, cacao, pitahaya y otros productos no petroleros, podría marcar un antes y un después en la trayectoria económica del país.
La Sierra concentra una enorme capacidad productiva hoy limitada por carreteras deficientes que encarecen el transporte, reducen márgenes y frenan la competitividad. La Costa, por su parte, sostiene buena parte del aparato exportador del país; sin seguridad, no hay comercio, y sin comercio no hay crecimiento. Invertir en estos dos frentes no es ideológico ni populista: es estrictamente económico.
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Y conviene subrayarlo con claridad: no se trata de aumentar la burocracia ni de inflar el aparato estatal ni de abrir debates estériles sobre reformas legales o endurecimiento de penas. Se trata de invertir con inteligencia en lo que el país realmente necesita. No en subsidios improductivos que se agotan en el corto plazo, sino en el sector productivo real, aquel que genera empleo sostenible, ingresos y oportunidades.
La evidencia es clara: más inversión productiva significa más trabajo, y más trabajo implica menos exclusión social. La inseguridad no se combate únicamente con fuerza pública; también se enfrenta cuando la economía ofrece alternativas reales y dignas a quienes hoy quedan fuera del sistema productivo.
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Ecuador no necesita discursos grandilocuentes ni soluciones mágicas. Necesita entender que el oro, en este momento histórico, no es solo un metal precioso: es una herramienta estratégica. Si se gestiona con responsabilidad puede convertirse en el ancla que permita financiar el desarrollo real. (O)
Álex Díaz Guamán, abogado y analista económico, Machala
















