Lloran casi a diario. Se consumen igual que sus hijos y sus esperanzas –en muchos casos– se diluyen con el tiempo, pues aumenta la dependencia de los suyos a las drogas y el dinero “no alcanza para salvarlos” ni para alimentar al resto de la familia, dicen. Hay dramas en los que unos hermanos llevan a otros al mismo vicio: las drogas.

Los amigos, los vecinos, los colegios, el barrio, la calle, los empleos, los buses y desconocidos sirven como proveedores de drogas para niños, jóvenes y adultos. La llamada H (mezcla de heroína con otras sustancias tóxicas), que se vende en dosis desde $ 0,25, es la más consumida y la que crea más dependencia, según los afectados.

Y aunque hay leyes, programas y planes que intentan frenar el consumo de drogas y tratar las adicciones, la venta y la dependencia no paran.

Guayaquil es una de las urbes que por ordenanza prohibió, desde abril del 2017, el consumo de drogas en espacios públicos. No obstante, es común ver en la calle, a cualquier hora e incluso en presencia de policías, a jóvenes que intercambian fundas o pequeños paquetes de papel (con sustancias blanquecinas, marrones y de otras tonalidades) por monedas.

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Son escenas e historias que se replican en sectores como isla Trinitaria, Los Vergeles, Guasmos, Sauces, zonas céntricas y periféricas, debajo de puentes, en riberas de esteros y otros. En unos casos, los padres envían a sus hijos a otros barrios, ciudades o regiones (como la Amazonía), porque “ya ni encadenarlos” funciona, afirman.

‘No me alcanza ya el dinero para ayudarlo a recuperarse’

Es jueves 17 de mayo, Isabel va al cuarto de su hijo Marlon, adicto a la droga H, para intentar animarlo y pedirle que salga a compartir con la familia. (Jorge Guzmán)

Marlon, de 16 años, está postrado en su cama. No quiere ni puede levantarse. Se tapa con la sábana cuando su madre, Isabel, lo llama para que salga de su habitación. “No molestes. No quiero salir ni hablar con nadie”, le grita el joven a su progenitora. Ella, en la puerta del cuarto, insiste: “Levántate, hijo. Vamos por ayuda, para que dejes la adicción”. Es jueves 17 de mayo y ganan los gritos y ofensivas del joven.

Sin esperanzas, Isabel, una madre soltera, se retira. Camina a la sala, donde también está la cocina y el comedor de esta villa en Los Vergeles, noroeste. Saca de su monedero unos centavos y completa el pasaje para ir al colegio y para la comida de sus otros dos niños.

Ahí lamenta que Marlon no asista a clases desde el año pasado, por consumir la droga H. “Gasto $ 6 diarios en pasajes y comida. Aparte, luz y agua son como $ 15. Y el alquiler, $ 130. Solo gano $ 10 diarios y no me alcanza para la recuperación de Marlon”, expone.

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Cuenta que vivir en Los Vergeles es complicado para cualquier padre porque la mayoría de jóvenes “se han dañado”. Lo comprobó con su hijo, que consigue la droga H a $ 1, $ 0,75 y $0,50. “Entre dos personas compran el paquetito de $ 1”, menciona. Así también hacen los hijos de vecinos y conocidos que han caído en las drogas.

Afirma que Marlon probó la H cuando fue a trabajar a una vulcanizadora del sector. Ahí lo invitaron a consumir.

“Él estaba estudiando. Yo le daba el dinero para su día, pero él ya no iba a clases y esa plata se la gastaba en el consumo. Me decía: ‘Mami, deme para el cuaderno, para sacarle copia a un libro, para trabajar en grupo, y se me perdía. Una vez estuvo perdido una semana, me tenía en las calles buscándolo, hasta fui a poner la denuncia, pero regresó de la nada”, recuerda.

En su casa no hay lujos, pero sí carencias. Y Marlon terminó llevándose enseres del hogar para venderlos y consumir la H. “Se me llevó un DVD, utensilios de cocina como las ollas. Después se me empezó a perder mi ropa. Ya he perdido la cuenta”, relata y llora. El padre de su hijo no acepta la drogadicción de Marlon, no se hace presente ni la ayuda económicamente.

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Isabel ha recorrido varios centros de rehabilitación en Los Vergeles y en otras zonas del norte, pero le cuesta entre $ 150 y $ 200 mensuales. Y ella no tiene ese dinero para ayudar a Marlon, manifiesta con pena.

En varias ocasiones lo ha llevado a centros de salud, la última vez fue en febrero. Ahí le recetan sueros de vitaminas y paracetamol, pero aquello no lo alivia y recae, afirma.

‘Me sentía destrozada al ver que cayeron en drogas’

Dos de los cuatro hijos de Ligia conocieron las drogas en sus barrios y en el colegio. (Jorge Peñafiel)

Ligia habla en voz baja. Con temor y mirando a todos lados, en el portal de su casa cuenta cómo dos de sus cuatro hijos cayeron en el vicio de las drogas.

Ella reside en Socio Vivienda 2, noroeste. Ahí los moradores viven con zozobra y miran con impotencia cómo sus hijos pierden la batalla contra las drogas y la delincuencia. El microtráfico, afirman, impera en el lugar, pese a las intervenciones policiales y planes estatales para controlar la zona.

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Paúl, ahora de 19 años, y Jorge, de 21, conocieron las drogas en espacios públicos. El primero (su cuarto hijo) empezó a consumirlas a los 15 años cuando, hace cuatro, llegó a un colegio de Socio Vivienda. Una maestra incluso le encontró paquetes con la droga H.

Jorge, en cambio, probó las drogas en una cooperativa de la vía Perimetral, donde residían primero. Ahora está preso y su madre espera que salga en noviembre próximo. Ahí hará lo posible para sacarlo de la adicción, a la que recayó cuando llegó a Socio Vivienda 2. Paúl habría dejado de consumir desde agosto pasado, tras ser tratado en casa con sueros, vitaminas, medicamentos y otros, recuerda.

Un cuñado de Ligia y un sobrino, que viven en el sector, también son adictos. A Jorge, en cambio, lo internó, a los 17 años, en una clínica de rehabilitación por su adicción a la heroína. Fueron nueve meses y pagaba $ 300 mensuales.

Recayó al año, al juntarse con consumidores de Socio Vivienda. Por su comportamiento, Ligia, en su desesperación, tomó acciones drásticas. “Lo encadené porque era muy agresivo, quería quebrar todo. Se me desaparecía. No se bañaba, estaba desaseado, no quería ni comer”, recuerda.

En Socio Vivienda se replican por decenas los casos de menores víctimas de las drogas. Unos han sido enviados a zonas de la Amazonía y de la Sierra, en un intento por rehabilitarlos.

‘No tengo ayuda de nadie, quisiera tener un trabajo’

Simón se lastimó un brazo y el cuello, el 14 de mayo, cuando se resistió a ir a un centro de rehabilitación. (Álex Vanegas)

Clamaba que lo dejaran tranquilo. Tomó un pedazo de vidrio roto y empezó a cortarse el brazo y la garganta. Quería quitarse la vida. Caía la tarde del lunes 14 de mayo cuando los vecinos de las calles Novena y Huancavilca se alarmaron por los gritos que salían de un balcón de una edificación de tres pisos.

Era Simón, quien gritaba que se iba a suicidar para que su padre “no lo encierre” en un centro de rehabilitación, por consumo de drogas.

La Policía llegó al sitio y habló con el joven y su padre. Minutos después, Simón bajó del edificio, propiedad de su padre, al que había llegado a dormir la noche anterior. Vecinos lo atendieron y ayudaron a curar sus heridas.

De contextura delgada y aspecto desaliñado, confesó tener una enfermedad: la adicción a las drogas. Luego dijo que ya no estaba consumiendo. “Vivo solo, en la calle. No tengo ayuda de nadie. Toda mi familia es de buenos recursos, pero no me aceptan”, contó Simón.

Sus padres se separaron cuando él tenía un año. Vivió su infancia con su madre en Durán. Pero desde hace siete años está con su padre, en el suroeste de Guayaquil.

Empezó a consumir drogas a los 16 años. Ahí probó base de cocaína y luego experimentó con otras. La última fue la conocida como maduro con queso (marihuana con pasta base de cocaína). “Llegué a un límite de empeñar todas mis cosas, también robaba para comprar mis notas (drogas)”, relató.

Un año después, su padre lo ingresó por primera vez a un centro de rehabilitación. “Me ha encerrado demasiado tiempo, un año, dos años, y yo he tratado de salir adelante”, manifestó, y denunció un trato hostil en esos lugares.

Expresó su deseo de encontrar un empleo, de sentirse útil. “Quisiera que me ayudaran con trabajo. Soy bachiller y no tengo antecedentes penales”, dijo. Para Carlos, un morador, en la zona es común ver a vendedores y consumidores de drogas a cualquier hora del día. (I)