Evolución de los años viejos: De la careta de la muerte hasta los cómics

Evolución de los años viejos: De la careta de la muerte hasta los cómics
Los hermanos Hugo y José Cruz en su taller Los Pioneros, en la 6 de Marzo y Maldonado. Ellos son descendientes del José Cruz Ladines, el creador de las primeras caretas para años viejos. Juana von Buchwald
Juana von Buchwald
30 de Diciembre, 2018 - 00h35
30 Dic 2018 - 00:35

Una fecha exacta del origen de los años viejos no existe, pero sí sabemos que fue en la antigua Roma, donde cada fin de año las familias se reunían en grandes banquetes, las élites liberaban a sus esclavos como muestra de buena fe y se quemaban muñecos que simbolizaban el odio, la envidia y pobreza.

Así lo resume Freddy Avilés, profesor de historia, quien añade que este rito se extendió a todos los territorios conquistados por Roma, entre ellos España que con la llegada del Cristianismo cambió la tradición a algo más religioso hasta convertirse en un rito donde se despedía el año pidiendo a Dios un nuevo año de prosperidad.

Pero ¿cómo llegó a Ecuador? Los españoles fueron quienes trajeron la costumbre al país durante el siglo XVI y celebraban el rito de la quema del judío simbolizado por un grotesco muñeco, considerado por los cristianos como culpable de la crucifixión de Cristo, según un relato del cronista Rodolfo Pérez Pimentel.

Mientras que el historiador Modesto Chávez Franco en el “El verdugo”, de sus Crónicas Guayaquil Antiguo narra que la tradicional quema del muñeco se remonta a la epidemia de fiebre amarilla que azotó a Guayaquil en 1842. En esa época para evitar la propagación del virus se hacían atados con la ropa del difunto y se los quemaba en la calle. Con el tiempo comenzó la quema de monigotes hechos de paja y aserrín en el último día de diciembre de cada año.

También da detalles de los festejos el italiano Enrico Festa, en su libro En el Darién y el Ecuador, quien describe que era una fiesta en la que se usaban máscaras y quemaban monigotes en diciembre de 1897.

Campañas a favor de los principios

El departamento de documentación de EL UNIVERSO ha recogido en varias de sus publicaciones cómo era esta tradición. Por ejemplo, en la edición del 1 de enero de 1924 relata que las autoridades hacían campañas moralizantes para evitar el exceso del consumo de alcohol y en especial para controlar a los muchachos que tiraban cohetes y fósforos a los transeúntes.

El público asistía a la avenida 9 de Octubre para ver los fuegos artificiales, a las doce sonaban las campanas de las iglesias, las sirenas de los barcos acoderados en el puerto y de los cuarteles del Cuerpo de Bomberos. En los barrios populares se quemaban monigotes de papel, aserrín y ropa vieja y se improvisaban bailes hasta altas horas de la madrugada.

En la edición del 2 de enero de 1926 se describe que en el cuartel del Regimiento Calderón se exhibió un muñeco que caracterizaba al año que fenecía y a su lado el año que venía. El muñeco del año que concluía tenía un pizarrón en blanco que significaba que nada bueno había dejado.

Por ser una celebración en donde el uso de petardos y por la quema de los monigotes podían provocar incendios en una ciudad como Guayaquil que apenas hace pocos años había sufrido el famoso Gran Incendio en 1896, las autoridades pensaron seriamente prohibir la quema de los muñecos, cosa que no pasó, como lo evidencia una nota del 29 de diciembre de 1926 que anuncia que el intendente permite la quema de los años viejos el día 31 de diciembre.

En la edición del 31 de diciembre de 1930, en las paginas interiores, El Universo publica un anuncio del Salón Dancing del American Park que invitaba al culto pueblo guayaquileño a los bailes de disfraces. Se menciona también que habrá fuegos artificiales, incluso de un castillo para la despedida del Año Viejo.

Del muñeco de aserrín al de madera

Finalmente, la fiesta se populariza, pero no hay registros en los diarios, con lo que se deduce que era una celebración de los barrios populares. Este hecho es corroborado por la familia Cruz, dedicada casi por un siglo a la elaboración de años viejos, y que actualmente tiene el taller Los Pioneros en la calle 6 de Marzo y Maldonado. El precursor de este arte fue José Cruz Ladines (+) quien en 1920, en el barrio del Astillero, le dio rostro al cuerpo de aserrín fabricando una media careta que representaba al Diablo o a la Muerte, recuerda su nieto Hugo Cruz. Después hicieron caretas de monstruos, políticos y viejos.

Este testimonio coincide con la historia, pues según registros de EL UNIVERSO, en 1945 se realizó un concurso de monigotes auspiciado por el Central Park. El diario calificó el acontecimiento como ''la nota más sensacional del año''. Los muñecos más populares representaban a los caídos líderes del Eje fascista: Hitler, Mussolini y Tojo, estos monigotes fueron paseados por los barrios y luego quemados. El uso de muñecos de personajes políticos era una tradición en Guayaquil, incluso desde el siglo XIX, y eran una forma de burlarse de la situación política y económica.

Hugo Cruz confirma esta versión y rememora que en 1960, en plena Guerra Fría, los monigotes más populares eran los de Fidel Castro y el Che Guevara (foto superior). Para ese entonces su abuelo reinventa las medias caretas por moldes elaborados con lodo y arcilla del río Guayas en los que utilizaban al principio goma de zapote, reemplazada en la actualidad por harina de trigo, y con esta herramienta elaboran caras más completas de variados personajes.

No conforme con esta invención, el abuelo Cruz decide trabajar el primer muñeco de palo. Era 1962 y EL UNIVERSO organiza el primer concurso de Años Viejos en la avenida 9 de Octubre. Su nieto José Cruz muestra los recortes de la hazaña de su abuelo y padre quienes ganaron con un monigote que caracterizaba al presidente Velasco Ibarra, depuesto el año anterior. Este monigote era de madera e incluso articulado. "El muñeco era una locura porque movía la quijada, la cabeza, fue una sensación en la avenida 9 de Octubre, le gustó a la gente, porque la mayoría era de aserrín", rememora Cruz. Posteriormente, los artesanos elaboraron monigotes con figuras políticas como Asad Bucaram, Camilo Ponce, León Febres Cordero, Lucio Gutiérrez, y entrando en los años 80, el muñeco de madera y papel, desplazó al de aserrín.

En la actualidad, explica Walter Heredia, quien aprendió el oficio de la familia Cruz, los moldes se los hace de espumafón, se talla la figura, empapela y le ponen fibra de vidrio y una vez duro comienzan a sacar las copias, finalmente, viene la madera para dar estabilidad. Ya no son muy comunes los monigotes políticos, los "que están pegando" en la 6 de Marzo y Calicuchima este año son Coco, Deadpool, Batman, el hombre Araña y Dinosaurios, según este artesano que está feliz del desarrollo del turismo en la calle 6 de Marzo.

La llegada de los monigotes gigantes

No solo en Guayaquil las autoridades intentaron frenar la quema de los monigotes, eso sucedió antes, en 1885, en Valencia, España. Esta histórica ciudad situada en el centro de la costa este española tiene entre sus fiestas más populares las Fallas de Valencia, una celebración que tiene un origen anterior a los romanos, a la época de las hogueras.

¿Por qué el nombre fallas? La falla es una palabra valenciana que viene del latín Facula que significa antorcha, de ahí tomó el nombre esta popular fiesta de ninots o muñecos gigantes nombrada por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en el 2016.

Actualmente, la celebración tiene una connotación religiosa pues se desarrolla durante la Fiesta de San José, entre el 14 y 19 de marzo, pero antes también era una sátira y crítica política.

Esta costumbre es otra herencia de los españoles. En Guayaquil comenzaron a elaborar gigantes de papel en 1995. Los primeros en crearlos fueron Víctor Rodríguez y Walter Cedeño, quienes pertenecen a la Asociación de Pioneros de Monigotes Gigantes (APG) .

El primer punto fue la 20 y Capitán Nájera, suburbio de Guayaquil, y el personaje: el demonio de Tasmania, cuya estatura llegaba a los cinco metros cincuenta. Después, en 1996 vino el Coyote de casi 12 metros. Rodríguez recuerda que era una forma de compartir entre amigos y de crear personajes de cuando eran niños.

Y su ejemplo inspiró a otros sectores. En 1996 se extendió a la 28 y Argentina y a la 20 y Brasil. Este 2018 los gigantes se encuentran en aproximadamente 60 puntos y se han convertido en una ruta turística avalada desde hace cuatro años por la Empresa Municipal de Turismo de Guayaquil, entidad que premia al artesano más talentoso.

“Año a año hemos ido evolucionando, en tamaños y sectores, son 24 años y nos llena de satisfacción ver que lo que nació con un hobbie ahora atrae a turistas nacionales e internacionales”, dice satisfecho Cedeño. (I)

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2018-12-30T10:17:50-05:00
Desde el muñeco de aserrín hasta el de madera y espumafón.
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