En los años 60, durante el desarrollo del SR-71 Blackbird, el avión tripulado más rápido del mundo, los ingenieros detectaron un problema difícil de explicar: algunas piezas fallaban antes de tiempo, sin una causa evidente.
Tras analizar los datos, encontraron un patrón claro: los componentes fabricados en verano presentaban más fallas que los producidos en invierno.
Publicidad
La causa estaba en el agua utilizada para limpiar las piezas. En verano, la planta de tratamiento de Burbank añadía cloro para evitar algas. Ese cloro reaccionaba con el titanio y debilitaba las piezas.
El titanio, que cubre el 93 % del avión, era clave para el SR-71 porque su velocidad no estaba limitada por los motores, sino por el calor que podía soportar su estructura. Este material resistía altas temperaturas, pero también era difícil de producir y trabajar.
Publicidad
Su fabricación implicaba convertir dióxido de titanio en cloruro de titanio mediante procesos químicos en entornos sellados. Luego se purificaba y reaccionaba con magnesio a altas temperaturas, en un proceso que podía tardar entre dos y cuatro días.
Además del problema con el cloro, los ingenieros detectaron otro riesgo: herramientas con recubrimiento de cadmio dejaban residuos en los pernos, lo que generaba corrosión y fallas. Esto obligó a retirar ese tipo de herramientas.
Cada SR-71 era ensamblado casi de forma artesanal, por lo que no había dos iguales. Algunos aviones eran más confiables que otros, según su comportamiento en vuelo.
A pesar de estas dificultades, el SR-71 Blackbird se consolidó como el avión tripulado más rápido del mundo. (I)