A finales de los años ochenta, la Fuerza Aérea de Estados Unidos evaluó dos propuestas para su nuevo avión de combate. En este proceso, el prototipo YF-23 de Northrop Grumman compitió directamente contra el modelo YF-22 de Lockheed Martin, prototipo del F-22 actual.
Aunque el YF-22 fue el seleccionado, los reportes técnicos indican que el prototipo perdedor no era inferior en tecnología. El diseño del YF-23 simplemente se enfocó en el sigilo absoluto en lugar de la maniobrabilidad extrema.
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¿Por qué se consideraba que el F-22 era superior al YF-23?
El triunfo de Lockheed ocurrió porque en esa época la doctrina militar aún priorizaba identificar al enemigo, acercarse y disparar. Por ello, la Fuerza Aérea prefirió la agilidad del F-22, por su capacidad para hacer giros cerrados, en lugar de un caza diseñado solo para atacar a distancia, informa el portal 1945.
En cambio, el YF-23 utilizó la tecnología furtiva del bombardero B-2 para reducir su rastro. Northrop diseñó una nave en forma de diamante y cola en V, ocultando además los escapes del motor para eliminar la huella térmica y evitar ser detectado por los radares de gran potencia.
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En las pruebas de rendimiento, el YF-23 demostró una mayor velocidad máxima que su competidor: destacó por su capacidad de supercrucero, permitiendo mantener un vuelo que buscaba controlar los enfrentamientos a distancia sin entrar en peleas cercanas.
Los expertos señalan que esta visión de ataque remoto estaba demasiado adelantada para aquel momento. Hoy en día, el uso de sensores modernos y misiles de largo alcance ha cambiado la táctica aérea, validando finalmente los conceptos que Northrop propuso en su diseño original.
Afortunadamente, las ideas no fueron descartadas y ahora influyen en el desarrollo del nuevo bombardero B-21 Raider. Aunque el YF-23 no llegó a producirse, su herencia tecnológica demuestra que la estrategia de invisibilidad es la clave para la superioridad aérea moderna.
(I)
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