La posibilidad de un evento extremo de El Niño entre 2026 y 2027 ha encendido alertas en la comunidad científica internacional debido a comparaciones con el histórico fenómeno de 1877-1878, considerado uno de los desastres climáticos más devastadores de la humanidad.
Aunque no existe consenso sobre que vaya a alcanzar esa magnitud, expertos advierten sobre el potencial impacto de un calentamiento oceánico severo en el Pacífico tropical.
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El fenómeno de El Niño ocurre cuando las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial se calientan de forma anormal, alterando patrones climáticos en distintas regiones del planeta.
Sus efectos pueden incluir sequías prolongadas, lluvias extremas, inundaciones, olas de calor y pérdidas agrícolas, mientras que su contraparte, La Niña, se caracteriza por temperaturas oceánicas más frías de lo habitual.
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Las comparaciones actuales remiten al episodio de 1877-1878, recordado por historiadores y climatólogos como uno de los eventos de El Niño más destructivos registrados.
De acuerdo con reconstrucciones históricas y estudios científicos, el calentamiento persistente del Pacífico coincidió con anomalías cálidas en los océanos Índico y Atlántico, intensificando sequías e inundaciones simultáneas en varias partes del mundo.
El fenómeno golpeó con especial dureza regiones de Asia, África y Sudamérica. En países como India y China, así como en partes de Brasil, las sequías devastaron cultivos y provocaron hambrunas masivas, mientras otras zonas enfrentaron lluvias torrenciales e inundaciones que agravaron las pérdidas agrícolas y el colapso de suministros.
Según estimaciones históricas citadas por medios especializados y estudios académicos, entre 30 millones y 50 millones de personas murieron entre 1877 y 1878 como consecuencia indirecta de las crisis alimentarias y sanitarias asociadas al fenómeno climático.
“Podría decirse que fue el peor desastre ambiental que jamás haya azotado a la humanidad”, han dicho los investigadores sobre el suceso climático.
No obstante, la investigadora Deepti Singh, de la Universidad Estatal de Washington, señaló a The Washington Post que las hambrunas no son una consecuencia inevitable de las sequías. Según explicó, las decisiones adoptadas por los Gobiernos durante la década de 1870 debilitaron los sistemas locales de subsistencia y resiliencia, dejando a las comunidades más vulnerables frente a las alteraciones climáticas provocadas por El Niño.
Un evento extremo de características similares hoy no tendría necesariamente las mismas consecuencias humanas, debido a avances en monitoreo, sistemas de alerta y logística global.
Tras el fuerte El Niño de 1982-1983, se implementó una extensa red internacional de observación oceánica en el Pacífico, con miles de instrumentos que registran temperatura, salinidad y presión atmosférica en tiempo real.
El climatólogo Kevin Trenberth destacó que el monitoreo científico ha mejorado significativamente la capacidad de pronosticar El Niño. Explicó que, desde la instalación de unas 70 boyas en el Pacífico en la década de 1990, la red de observación ha crecido a más de 4.000 instrumentos que recopilan datos en tiempo real, permitiendo seguir diariamente la evolución del fenómeno. (I)