Durante años, la idea de ser “amable” ha estado asociada a una conducta positiva en las relaciones personales. Sin embargo, desde la psicología conductual se advierte que esta actitud, cuando se basa en evitar el conflicto o decir lo que otros quieren escuchar, puede terminar afectando la calidad de los vínculos.

El concepto de “amabilidad” suele confundirse con el de “bondad”. Mientras la primera prioriza mantener la armonía a toda costa, la segunda busca el bienestar de la otra persona, incluso si eso implica conversaciones incómodas o críticas constructivas.

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De acuerdo con el psicólogo organizacional Adam Grant, muchas personas justifican su falta de honestidad bajo la idea de ser “consideradas”. En la práctica, esto puede traducirse en evitar dar retroalimentación necesaria, lo que limita el crecimiento personal o profesional de otros.

Este comportamiento también está vinculado al llamado “people-pleasing”, o necesidad de agradar. Expertos como Jennifer Gerlach señalan que esta actitud suele estar motivada por el miedo al rechazo, al conflicto o a ser percibido negativamente.

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En ese contexto, la amabilidad puede convertirse en una forma de gestionar a los demás más que de conectar genuinamente con ellos. Es decir, se prioriza la comodidad propia por encima de la honestidad, lo que puede generar relaciones superficiales o poco auténticas.

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Por el contrario, la “bondad” implica un enfoque distinto. Según la investigadora Tchiki Davis, ser verdaderamente considerado con otros incluye tiempo, empatía y sinceridad, incluso cuando esta última resulte incómoda en el corto plazo.

Este enfoque puede manifestarse en acciones como dar opiniones honestas, establecer límites claros o abordar problemas directamente en lugar de evitarlos. Aunque estas conductas pueden generar incomodidad inicial, tienden a fortalecer las relaciones a largo plazo.

La diferencia clave radica en el impacto: la amabilidad puede ofrecer alivio momentáneo, pero la honestidad constructiva permite crecimiento y confianza. (I)