No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio”. Seguro la has escuchado alguna vez. Está en charlas, libros, reuniones de trabajo. Y sí, suele atribuirse a Charles Darwin.

Ahora bien, pequeña pausa: Darwin nunca la escribió así, palabra por palabra. Pero eso no le quita fuerza. Al contrario. La frase resume muy bien el corazón de su idea sobre la evolución.

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Darwin observó algo tan simple como potente. En la naturaleza no ganan siempre los más grandes ni los más brillantes. Ganan los que saben ajustarse. Los que cambian cuando el entorno cambia. Como esos animales que, frente a un clima distinto o menos comida, encuentran nuevas formas de sobrevivir mientras otros se quedan atrás.

Más tarde apareció Herbert Spencer, filósofo, y puso en palabras esa intuición al hablar de la famosa “supervivencia del más apto”. Aptos, no fuertes. Aptos, no genios. Aptos para el momento que les toca vivir.

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Y aquí viene lo interesante, porque aunque suene a biología, esto nos queda muy cerca.

Piénsalo un segundo. Cuántas empresas enormes se vinieron abajo por no cambiar a tiempo. Cuántas personas brillantes se quedaron atrapadas en una sola manera de hacer las cosas. Y cuántos, sin hacer ruido, siguieron adelante simplemente porque supieron adaptarse.

En los negocios, en el liderazgo, en la vida misma, pasa lo mismo que en la naturaleza. El mundo se mueve. El mercado cambia. Las reglas también. Y no avanza el que se aferra, sino el que aprende, prueba, se equivoca y ajusta el rumbo.

Al final, la frase, aunque no sea literal de Darwin, deja una lección clara y hasta incómoda: no se trata de ser el más fuerte ni el más inteligente. Se trata de saber cambiar cuando toca.

Y eso, hoy más que nunca, marca la diferencia. (I)