Javier Marías, escritor español (1951-2022), que además de novelista era un hincha apasionado del Real Madrid, decía que el fútbol era, para él, “la recuperación semanal de la infancia”. Se refería a que esa pasión lo devolvía emocionalmente al niño que había sido. Usaba esa frase para expresar algo muy íntimo y universal que vive en millones de aficionados: el balompié como un puente directo hacia la infancia, cuando ilusionados éramos capaces de alegrarnos o sufrir por algo tan simple y grande como un partido, un clásico.
El fútbol guarda elementos que rara vez se mantienen en la vida adulta: la espera del fin de semana como un acontecimiento, la identificación pura con unos colores, el entusiasmo sencillo y romántico y la comunión con el padre, el hermano, los amigos del barrio, todos mezclados en una gradería pletórica de entusiasmo. Marías quiso decir que mirar fútbol le devolvía algo que pensaba perdido: la capacidad de emocionarse con la inocencia, la magia y la intensidad con que lo hacía de niño.
La recuperación de mi infancia y de mi adolescencia se produce en mi memoria al regresar a los tiempos del viejo estadio Capwell y del estadio Modelo, hoy Alberto Spencer. Lo que más me ha quedado en el alma es la sensación de pertenencia, algo muy difícil de mantener en el fútbol moderno.
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Antes muchas cosas alimentaban ese vínculo: jugadores que se quedaban años y parecían parte de la familia del club; equipos que reflejaban la identidad del barrio o de la ciudad, no solo una marca global mercantilizada; la transmisión de la pasión de generación en generación y esa idea de que el club era “de la gente”, no de un conglomerado en busca de negocios. Cuando esa pertenencia está vigente, el hincha no solo mira un partido: siente que es parte de algo más grande, algo que lo representa.
Vínculo casi familiar
Muchos hinchas sienten hoy exactamente eso: que el fútbol de antes tenía algo más romántico, más cercano, menos invadido por el negocio. No era tan exagerado en lo táctico o en lo físico, pero transmitía una pasión más espontánea, con la que los jugadores se identificaban más con los clubes y la figura del “ídolo” tenía un vínculo casi familiar con la gente.
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Hoy el deporte es más profesional, más global y estratégico, lo cual trae algunas virtudes, pero también una sensación de distancia emocional. Había antes una sensación de “estar en la misma frecuencia” que los futbolistas. Te los cruzabas en el barrio, viajaban con la gente, eran terrenales. No eran figuras inalcanzables: eran parte del mismo mundo que el hincha.
Uno de esos jugadores de antaño es Raúl Argüello Espinoza. Técnicamente era impecable, pero agregaba un ingrediente de fiereza en la marca que lo hacía respetable o temido. ¿De dónde surgió al fútbol grande? Salió como lo hacían antes en ese Guayaquil futbolero que ya no existe: del barrio. Estaba interno en el Instituto Nacional que funcionaba en Sucre y Boyacá, el barrio Suc-Boy, un clubcito que daba guerra en las ligas de novatos.
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Campeón con Emelec
En esas calles lo vio jugar Juan Benítez, el famoso Zambo del Barcelona de la idolatría, y lo llevó a su equipo juvenil —el Benítez, que jugaba en la Liga Salem—. El Instituto Nacional iba a participar en un intercolegial y a Argüello lo eligieron para integrar el Copaina (Colegio Particular Instituto Nacional) junto con Jaime Ubilla, quien sería luego su compañero de zaga, y Pedro Polo Ruiz. Fue Ubilla quien lo llevó a Emelec, el equipo de sus amores, y lo presentó al técnico argentino Gregorio Esperón.
A Argüello lo probaron como defensa central y, a los 20 minutos, el argentino le dijo a Ubilla: “Llévalo rápido para que firme y le tomen la foto”. Así fichó Emelec a una de sus grandes figuras de todos los tiempos. No hubo contrato ni primas ni representante. Como back central estuvo tapado por la prestancia del argentino Eladio Leiss. Cuando este se marchó a Chile, le tocó la gran oportunidad en una zaga que formaba con Jaime Ubilla y Jorge Chompi Henriques.
En 1954 participó en el torneo Juventudes de América, que se jugó en Caracas. Alineó con el quiteño Gonzalo Góngora y Luciano Macías y, a su regreso, Chompi, que era ahora el técnico de Emelec, le dio la titularidad. Estaba ya otro de los próceres de la historia eléctrica (Cipriano Yulee) en el arco y una zaga plena de juventud: Jaime Ubilla, Cruz Alberto Ávila y Raúl Argüello, ya de marcador de punta. Se fue Chompi y llegó el chileno Renato Panay en ese mismo 1954, autor del primer Ballet Azul, y Argüello, con 18 años, fue ascendido a capitán. Desde aquel año fue titular e integró el plantel campeón provincial de 1956 y 1957 y nacional en ese último año.
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En la Selección
En 1957, en el Sudamericano de mayores en Lima, integró por primera vez la Tricolor. Debutó el 7 de marzo ante Uruguay y alineó luego frente a Perú, Argentina, Brasil, Chile y Colombia. Le tocó marcar nada menos que a dos leyendas: el argentino Omar Corbatta y Garrincha. Jugó también el Sudamericano de Guayaquil en 1959 y fue siempre titular. Su mejor partido fue ante Argentina, en el empate a 1 en el Modelo, cuando neutralizó al famoso Héctor Oswaldo Facundo, y en la victoria 3-1 ante Paraguay.
Para la historia quedaron sus duelos en el Clásico del Astillero con su gran amigo Gonzalo Chalo Salcedo. Esos desafíos se perdieron hoy porque ya no hay punteros ni marcadores. Eran dos futbolistas hábiles con el balón, pero que no esquivaban a la hora de chocar. No se daban tregua y la tribuna era una fiesta, porque al otro costado batallaban el Loco Balseca y el Pollo Macías ante estadios repletos. Eran partidos en los que se jugaba el honor de la camiseta. Después se trastornó todo y surgieron las tácticas defensivas y el gran dinero para borrar sentimentalismos e identidades.
Argüello estuvo en Emelec hasta 1962, cuando discrepó con los dirigentes en su condición de capitán. No se lo perdonaron y el bueno de Fernando Paternoster debió aceptar la imposición del mandamás. Un día lo envió al banco y el gran capitán tomó su camiseta y dijo: “Me voy”. No volvió más. Se fue al 9 de Octubre, fue subcampeón nacional en 1965 y luego abandonó el fútbol.
Sin memoria no hay gratitud
En una era donde todo tiende a ser reemplazable, recordar es reivindicar que algunas cosas merecen permanecer. Los héroes del pasado son parte del patrimonio cultural del deporte; olvidarlos empobrece la narrativa y la transforma en un producto efímero.
Hoy recordamos a Raúl Argüello porque sin memoria no hay gratitud. Conocer a quienes como él abrieron caminos, elevaron un deporte, rompieron barreras, ayuda a valorar el presente con más claridad y justicia. El enfoque moderno, obsesionado con la inmediatez, favorece la sobreproducción de opiniones y la superficialidad. Recordar el pasado devuelve profundidad: ofrece matices, perspectiva y una visión más humana del deporte. (O)






















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