En Ecuador —como en buena parte del deporte contemporáneo— se ha instalado una confusión tan cómoda como peligrosa: creer que haber participado en unos Juegos Olímpicos concede una suerte de patente moral permanente. Como si el pasado deportivo absolviera el presente. Como si una experiencia olímpica, por valiosa que sea, funcionara como salvoconducto ético frente a cualquier conducta posterior. Nada más falso. Nada más contrario al espíritu que Pierre de Coubertin imaginó para el olimpismo.