En Ecuador —como en buena parte del deporte contemporáneo— se ha instalado una confusión tan cómoda como peligrosa: creer que haber participado en unos Juegos Olímpicos concede una suerte de patente moral permanente. Como si el pasado deportivo absolviera el presente. Como si una experiencia olímpica, por valiosa que sea, funcionara como salvoconducto ético frente a cualquier conducta posterior. Nada más falso. Nada más contrario al espíritu que Pierre de Coubertin imaginó para el olimpismo.
En los Juegos Olímpicos de 1988 en Seúl, el canadiense Ben Johnson impresionó con su victoria en los 100 metros planos con un crono de 9 segundos y 79 centésimas, nuevo récord mundial. El anuncio, en la misma noche, de su control positivo por esteroides anabolizantes provocó un inmenso escándalo, de una magnitud sin precedentes en plena fiesta olímpica, y terminó con su carrera. ¿Podría alegar Johnson que es un olímpico por haber competido en unos Juegos? Indudablemente que no, pues violó todas las reglas del juego limpio.
El creador de los Juegos Olímpicos de la era moderna, en escritos y discursos, dejó instalada una filosofía vital que hoy se conoce como la Idea olímpica, basada en los principios que rigieron los Juegos de la antigüedad helénica: “El deporte para la armonía humana, para el suave equilibrio del alma y del cuerpo, para la alegría de vivir cada vez más intensamente”.
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Exigencia moral continua
En la hora actual de crisis moral en el deporte nacional; en estos instantes de arrogancia, soberbia y ansias desmedidas de acumular poder absoluto, es preciso decirlo sin rodeos: el olimpismo no es un diploma, no es solo un recuerdo glorioso, no es una credencial que habilite privilegios ni complicidades. Es —o debería ser— una exigencia moral continua. Y cuanto mayor es la visibilidad pública de quien se dice olímpico, mayor debería ser también el estándar ético al que se somete.
Coubertin no fundó el olimpismo para fabricar héroes intocables ni para crear castas protegidas. Lo concibió como una filosofía de vida, profundamente educativa, donde el deporte es un medio para formar carácter. Hablaba de armonizar cuerpo, voluntad y espíritu; de esfuerzo, respeto y juego limpio; de adversarios, no de enemigos; de honor, incluso en la derrota. Desde esa concepción, participar en unos JJ.OO. era apenas el comienzo del examen, no su aprobación automática. El verdadero olimpismo empezaba después: en la conducta diaria, en el uso decente del poder, en la observación de la Carta Olímpica, en la manera de ganar y, sobre todo, en la forma de perder en un campo deportivo, en un congreso o en una asamblea de elecciones.
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Sin embargo, el término “olímpico” ha sido progresivamente debilitado. Se lo invoca como blindaje simbólico. Se lo exhibe como escudo frente a críticas legítimas. Se utiliza para reclamar autoridad moral sin someterse al correspondiente escrutinio ético del periodismo. El resultado es un olimpismo retórico, funcional a intereses personales o de grupo. Esta banalización resulta especialmente grave cuando proviene de quienes ocupan cargos de dirigencia o representación gubernamental. El olimpismo no fue pensado para justificar abusos de poder, ni enriquecimientos ilícitos, ni manejos opacos. Muy por el contrario: exige una conducta más estricta que la ordinaria, precisamente porque quien dirige o representa lo hace en nombre de valores que dice encarnar.
Aceptar la derrota
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No hay olimpismo posible cuando se confunde gestión con beneficio personal. No lo hay cuando se utilizan cargos deportivos como trampolín político o económico. No lo hay cuando se invoca el pasado atlético para esquivar responsabilidades presentes. El olimpismo no legitima privilegios: los cuestiona. Tampoco hay olimpismo cuando se viola el espíritu de las reglas en nombre de la ambición de poderío. El respeto a las normas es el corazón del deporte. Trampas, dopaje, arreglos, presiones oficiales o manipulación institucional son negaciones directas del ideal olímpico, aunque quienes las practiquen hayan desfilado bajo los cinco anillos.
Otro rasgo central del olimpismo es la manera de entender al adversario. Para Coubertin, el rival no era un enemigo al cual destruir, sino un colaborador en la búsqueda de la excelencia. Sin adversario no hay desafío; sin desafío no hay superación. Convertir la competencia en guerra, alimentar el odio, justificar la violencia verbal, instalar la lógica de la revancha permanente es traicionar el sentido más noble del deporte. En julio de 1908 Coubertin dejó escrita una regla inviolable: “Lo importante en la vida no es el triunfo, sino el combate. Lo esencial no es haber vencido, sino haber luchado bien. Entender esta idea es preparar una humanidad más valiente, más fuerte y, por tanto, más escrupulosa y abnegada”.
Existe, además, una prueba definitiva del carácter olímpico: la aceptación de la derrota. Saber perder con dignidad revela mucho más que saber ganar. Quien no acepta el resultado, quien siempre busca excusas y argumentos deleznables, quien jamás asume errores ni responsabilidades, puede haber sido atleta olímpico, pero difícilmente sea olímpico en el sentido profundo. De la ruptura de este principio moral existe hoy un ejemplo muy cercano y debatible.
El verdadero olimpismo
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Por eso resulta problemático —cuando no directamente obsceno— escuchar proclamaciones altisonantes del tipo “¡soy olímpico!”, como si se tratara de un título nobiliario o de una inmunidad moral. En la lógica del olimpismo auténtico, el que necesita decirlo suele ser el que más lejos está de demostrarlo. El olimpismo verdadero no se declama: se practica. No se hereda: se sostiene. No se conserva en el recuerdo: se renueva cada día con coherencia entre discurso y acción. Puede perderse. Y, de hecho, se pierde cada vez que se traicionan los valores que se dice representar.
Participar en unos Juegos Olímpicos es, sin duda, un honor extraordinario. Pero justamente por eso implica una responsabilidad mayor. Quien ha llevado los colores del país en el máximo escenario deportivo no puede luego comportarse como si las reglas fueran opcionales o los valores negociables. Tal vez haya llegado el momento de dejar de tratar al olimpismo como una palabra sagrada e intocable, y empezar a tratarlo como lo que es: un compromiso ético exigente, especialmente en contextos donde el deporte reclama credibilidad, transparencia y ejemplaridad.
El olimpismo no absuelve. No decora conductas; no encubre abusos; no concede impunidad. Exige. Y esa exigencia —incómoda, incómoda de verdad— es la única manera de honrar el legado de Coubertin y de devolverle al deporte algo de la dignidad que merece. Esta tarea corresponde en mayor grado a quienes ejercen funciones públicas y de dirección deportiva, merecidas o no, cuestionadas o no, moralmente reprobadas o no.
En el vigesimoquinto aniversario de los Juegos Olímpicos, Pierre de Coubertin, pedagogo, sociólogo e historiador, pero por sobre todo un sembrador de virtudes a través del deporte, dijo en una parte de su discurso una frase que simboliza hoy la tragedia que vive nuestro deporte y enciende una luz de esperanza: “Los tiempos son difíciles todavía; la aurora que se anuncia es la del día siguiente a la de la tormenta, pero hacia el mediodía el cielo se aclarará y los brazos de los segadores se verán colmados de doradas espigas”. (O)
























