Como el título de esta columna, comienzan los versos del poeta alemán Michael Krüger, citado por el escritor y periodista español Juan Cruz Ruiz (1948). En sus artículos, conferencias y novelas, Cruz destaca que “la infancia es la primera memoria, y es la última que se pierde”.

En Todos somos la infancia, texto publicado en El País, el autor afirma que “a la infancia se vuelve, siempre, ahí está la raíz de la memoria; cuando los recuerdos se evaporan, el último bastión es la infancia. La memoria es la identidad. En la infancia se determina nuestro ADN”.

Esto evoca lo dicho por William Wordsworth, poeta romántico inglés: “El niño es el padre del hombre”. También el Nobel portugués José Saramago —autor de Las pequeñas memorias— sostenía que caminamos junto al niño que fuimos.

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Es, expresado de otro modo, la misma idea de Michael Krüger. Siento lo mismo que Juan Cruz Ruiz: “Estoy en la era en que casi todo lo que ocurre remite a la infancia, pues de un modo u otro lo que ya me viene por el aire que me espera tiene que ver con lo que ya pasó. Para añorarlo, o para deplorarlo”.

Barcelona SC puso fin a nueve años de sequía en 1980. Arriba: Dirnei Celestino (i), Gil Nazareno, Julio Bardales, Manga, Pepe Paes, Flavio Perlaza. Abajo: Juan Madruñero (i), Víctor Ephanor, Galo Vásquez, Escurinho, Mario Tenorio. Foto: Archivo

Confieso que relego al desván aquello de tono oscuro y resucito a diario lo que me alegra: el barrio, la escuela, la piscina Olímpica, el colegio, el viejo estadio Capwell, el Modelo y algún capítulo en el Monumental. Valoro lo vivido y las historias que descubrí tras años de investigación, así como las escuchadas en el seno familiar o en largas charlas con héroes deportivos de antaño.

Evito el sacrilegio intelectual del periodismo iletrado: descalificar a equipos o jugadores que jamás vi, práctica común en quienes ignoran la historia y menosprecian el pasado.

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Respecto a la época en que pude formarme un juicio propio desde las gradas, muchos amigos —contemporáneos o más jóvenes— me preguntan cuál es la mejor línea media que vi.

Me traslado a mis primeros años de espectador y opino: pude apreciar el juego elegante y creativo de Julio Caisaguano y Segundo Viteri, la gran pareja del bicampeón Unión Deportiva Valdez (1953-1954). Caisaguano, hoy olvidado, fue siempre refuerzo de Barcelona y Emelec en encuentros internacionales y seleccionado nacional; defendiendo y atacando, Viteri era su complemento ideal.

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También guardo un gran recuerdo de Carlos Alume y César Veinte mil Solórzano, fundamentales en el título de Barcelona de 1955 y el nacional de 1960; ambos fueron titulares en la selección ecuatoriana.

Y cómo olvidar la espléndida pareja de Jaime Carmelo Galarza y el argentino Osvaldo Fortunato Sierra, pilares del título invicto de Patria en 1958. Galarza era un jugador completo: inteligente, visionario, dominador del balón y dueño de un potente disparo. En la selección, formó, además, una gran dupla con Rómulo Gómez. Sierra era un auténtico muro de contención.

En el Patria, durante la era del estadio Modelo, otra gran pareja la formaron José Merizalde y Ernesto Reyes Prieto. A Merizalde no se le ha hecho justicia entre los mejores críticos (a los ‘analistas’ de hoy no vale tomarlos en cuenta); José fue seleccionado nacional y refuerzo de Emelec en la Copa Libertadores de 1962.

Por su parte, Reyes Prieto era quien frenaba los ataques contrarios, a veces con un sutil golpe en las canillas que nadie advertía.

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Los seguidores eléctricos, de votar por la mejor línea de volantes de su historia, elegirían la que formaron el argentino Henry Magri y el nacional Carlos Pineda. Ambos resultaban magistrales al subir con sus delanteros y retroceder para auxiliar a la retaguardia.

'Chucho' Gómez (i) y 'Caramelo' Galarza.

Magri, que llegó joven, integró planteles campeones en River Plate. Pineda, que arribó desde el club Panamá, fue pieza de selección. Aquella mítica línea de ‘Los Cinco Reyes Magos’ cimentó su grandeza en el trabajo exquisito de sus volantes: Magri y Pineda.

En épocas más modernas, guardo siempre en la memoria a aquella pareja de cracks, vitales en el Barcelona bicampeón de 1970 y 1971, semifinalista de la Libertadores y protagonista de La hazaña de La Plata: Jorge Pibe de Oro Bolaños y el brasileño José Paes. Más tarde, formaron la medular dos jovencitos que no llegaban a los 20 años: el brasileño Gerson Teixeira y Miguel Ángel Coronel.

Excepcionales fueron Galo Mafalda Vásquez y Alberto Colorado Andrade. Vásquez también hizo tándem con Víctor Ephanor y Severino Vasconcelos, brasileños llenos de talento y gol.

Es, a mi juicio muy personal, el mejor volante de la historia de Barcelona; brilló a gran altura con calidad y coraje. No se borrará de la memoria de ningún aficionado la gran pareja que formó con otro inolvidable: Toninho Vieira. Estaba para cualquier equipo del mundo, sin necesidad de esas plataformas de propaganda y mercadeo que hoy predominan en nuestro medio para elevar medianías con el clásico “inflador” muy bien pagado.

“¿Cuál fue mejor entre el ‘Quinteto de Oro’ y ‘Los Cinco Reyes Magos’?”, me preguntan en una tertulia de amigos. Y debo volver a mi infancia y adolescencia, porque cuando empecé a ver fútbol los delanteros eran cinco; hoy son dos, uno o, a veces, ninguno. Hay «analistas» que se complacen con el balompié actual; yo fui testigo de otra cosa que era más bella.

Si esa pregunta se la hubieran hecho a mi padre —quien empezó a ir a los estadios llevado por mi tío abuelo José Vasconcellos, integrante de la línea media del Racing Club campeón federativo—, habría respondido que ninguna delantera superó a la del General Córdova, campeón de 1927 y 1928, integrada por Nicolás Gato Álvarez, Ramón Manco Unamuno, Carlos Muñoz, Kento Muñoz y Alfredo Rodrigo.

Era una máquina: en octubre de 1928, en el marco del Escudo Cambrian, jugó tres partidos en días seguidos, los ganó todos, marcó 28 goles y no recibió ninguno.

Las líneas de vanguardia del Barcelona de los años 50 y del Emelec en los 60 guardaban un gran parecido. Dos extremos derechos habilidosos e inteligentes: más espectacular José Vicente Loco Balseca; más goleador José Negro Jiménez.

Por la izquierda, más driblador y artístico Guido Andrade; más potente el argentino Roberto Pibe Ortega. Por ambas puntas, los centros eran pases a sus goleadores. Cerca del gol, dos interiores dejaron un recuerdo muy profundo: más teatral Enrique Pajarito Cantos y más rápido y fulgurante Enrique Maestrito Raymondi.

En el centro del ataque, incomparables, irreproducibles Sigifredo Chuchuca y Carlos Alberto Raffo. Hoy valdrían millones de dólares por su capacidad de hacer goles de todos los modelos.

Luis Ordóñez (i), Tulio Quinteros (2-I), Galo Vásquez y Manuel Uquillas, exfutbolistas de Barcelona, durante un homenaje.

En el tejido lleno de arte que venía desde el mediocampo, dos talentos también difíciles de hallar en la hora actual: José Pelusa Vargas y Jorge Pibe Bolaños. El Quinteto venía empujado por Jorge Cantos y Fausto Montalván. Los Reyes Magos por Magri y Pineda.

¿Por qué discutir cuál fue mejor en vez de disfrutar de ese pasado tan lleno de emociones, ese que supimos gozar en la infancia, la adolescencia y la juventud? (O)