Universalmente fue bautizado así Manuel Francisco dos Santos, Garrincha, el imperecedero alero derecho de Botafogo y la selección de Brasil de 1958 y 1962, quien logró los títulos mundiales de esos años, es considerado el cuarto mejor jugador del mundo en el siglo XX por la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (IFFHS). Nosotros también tuvimos nuestra ‘alegría del pueblo’. Se despidió de la vida el 15 de septiembre de 2019, pero dejó un recuerdo imborrable. Es de aquellos futbolistas irrepetibles por muchas razones, entre ellas la escasa técnica que impera hoy en las canchas del país y el pizarrón castrador que borró del campo de juego a los punteros, magos de la raya de cal que nos dieron tantas emociones.

José Vicente Balseca se hizo grande como alero derecho. Desfachatado, atrevido, insigne regateador, imparable con su juguete predilecto: el balón. Fue un amante del amague y del firulete provocador que desconcertaba a su marcador y obligaba a volantes y zagueros a concentrarse en él y dejar amplios zaguanes en el área por donde entraba el goleador –Carlos Alberto Raffo en esos tiempos– y poner el tanto de la victoria. “Los amagues son mentiras que se cuentan con el cuerpo”, según Jorge Valdano, y en eso Balseca era un maestro. Fue el primer jugador de Emelec que hizo levantar de los asientos a los aficionados eléctricos y que hizo que las palmas de las manos enrojecieran de tanto aplaudirlo. Hizo crecer a la hinchada azul y plomo y la llevó de la aristocrática tribuna de la calle San Martín a las graderías generales de Quito, Pío Montúfar y General Gómez, que eran reducto casi exclusivo de los seguidores barceloneses del viejo estadio Capwell.

No siempre fue puntero. Fue primero centrodelantero o interior. Que los jóvenes que van hoy al fútbol pregunten a sus padres o abuelos qué es esto de lo que hablamos. Se atacaba entonces con cinco delanteros: dos punteros, dos interiores y un artillero central. Así jugó primero en las calles de su barrio, las Cinco Esquinas, en la selección de su escuela Adolfo Fassio (sí, parece mentira, pero en los años 50 había los interescolares) y Millonarios de la Liga Salem, al que lo llevaron Daniel Pinto –quien luego sería su socio en Emelec– y Felipe Leyton, ambos de la gallada pelotera de Piedrahíta y Boyacá. Después pasó al Juvenil Star y allí lo vio el Huracán, de la Federación Deportiva del Guayas (otra aclaración: en Fedeguayas también se jugaba fútbol y sus torneos llenaban las gradas del viejo estadio Guayaquil y del Ramón Unamuno, hasta que llegó ‘la Nueva Era’ y lo pudrió todo) que lo llevó a sus registros.

1000 sucres por el pase

En ese Huracán, del recordado dirigente Marcos Luzuriaga, Balseca formó como interior izquierdo en un ala endiablada con el puntero zurdo Arístides Castro Rodríguez, más tarde un emblema del periodismo decente y humano. El argentino Gregorio Esperón era técnico de Emelec cuando le llevaron el chisme de un jovencito que descosía la esférica a puro regate. Fue a verlo y lo incorporó a Emelec con su inseparable puntero Arístides. Después este contaba “pagaron 1000 sucres por los dos. 999 por Balseca y un sucre por mí”. Tenía 17 años y solo tres entrenamientos cuando lo programaron para debutar en un amistoso con Aucas y fue un suceso. Su primera aparición oficial fue ante el poderoso Río Guayas. “Yo nunca puedo olvidar ese día”, me contaba hace muchos años. “Fue el 22 de octubre de 1951. Fui a ver el partido cuando César Ñato Castillo se acercó y me dijo: ‘Quiere don Gregorio que bajes y te equipes’. Fue una emoción enorme. A los 18 años iba a jugar en primera en el torneo de Asoguayas. Fui al banco hasta que faltando 18 minutos, cuando entré al cambio por Atilio Tettamanti. Me parecía mentira: era el único nacional en la delantera que formaba con Orlando Larraz, Mariano Larraz, Luis Masarotto y Óscar Curcumelli”. Después le tocó jugar internacionales contra Boca Juniors de Cali y Newell’s Old Boys de Argentina. Jovencito aún, le tocó actuar al lado del famoso uruguayo Ramón Villaverde, refuerzo de Emelec, triunfador poco más tarde en el Barcelona de España.

En las tantas charlas de amigo que tuve con Pepe Viche, como lo llamaba, se confesaba un futbolista inquieto que se divertía jugando, pero por el centro no podía hacer muchas triquiñuelas. Hasta que llegó la oportunidad de entrar por la puerta ancha de la historia como el Loco Balseca: “Un día, en Guayaquil, me llamaron para decirme que me necesitaban en Playas donde entrenaba la Selección para el Sudamericano de 1953, en Lima. Uno de los delanteros, Jorge Mocho Rodríguez, se había lesionado. Por esa casualidad entré a la selección y debuté como puntero derecho frente a Paraguay. Tenía que marcarme un brusco lateral llamado Manuel Gavilán. Le di tal baile que si vive debe estar todavía acordándose de mí. Fue el 4 de marzo de 1953 en el Estadio Nacional de Lima. Allí formé el ala derecha con Daniel Pata de Chivo Pinto, mi gran amigo. Empatamos a cero con los paraguayos, que fueron los campeones, y un diario limeño tituló: ‘Ecuador, de cachorro se convirtió en león’. Allí nació el Loco, como pasó a la historia y fue tan convincente su rendimiento que siguió de titular.

Los Cinco Reyes Magos

Con la llegada de Raffo en 1954 el técnico chileno Renato Panay hizo a Balseca titular en la punta derecha y empezó su romance con la afición porteña. Comenzaron a adorarlo no solo los seguidores de Emelec. No hubo un solo aficionado que gustara del fútbol alegre y exquisito que no disfrutara de las travesuras del genial Loco Balseca. Fue tan grande que integró las dos versiones del Ballet Azul de la historia eléctrica: el de 1954 a 1957, de Panay; y el de 1962 a 1965 de Fernando Paternoster. En este último formó la inmortal delantera de los Cinco Reyes Magos: Balseca, Jorge Bolaños, Carlos Raffo, Enrique Raymondi y Roberto Ortega. Dio en total siete vueltas olímpicas.

Balseca es de aquellos futbolistas irrepetibles por muchas razones, entre ellas la escasa técnica que impera hoy en las canchas del país y el pizarrón castrador que borró del campo de juego a los punteros, magos de la raya de cal que nos dieron tantas emociones.

Se fue de Emelec en 1965 tras 15 temporadas, cinco participaciones en la Copa América y una eliminatoria. En 1968 se radicó en Estados Unidos. Jugó en Toros, de Miami y como semiprofesional en el Elene Falcón, donde le dieron trabajo. Formó familia y dio comodidades y educación universitaria a sus hijos.

Este martes se cumplirá un año de su deceso tan doloroso. Y a quien fue no solo el jugador que admiramos, sino nuestro querido amigo, le dedicamos este homenaje, igual que a su esposa, Luz María, a sus hijos, nietos, familiares y a todos sus amigos. De Mario Benedetti, el gran poeta uruguayo, recuerdo estos versos: “Todo se hunde en la niebla del olvido, pero cuando la niebla se despeja el olvido está lleno de memoria”. Y en la memoria de quienes lo vimos en el césped del viejo Capwell o del Modelo no ha habido ni habrá niebla ni olvido. Está llena de recuerdos de ese festival que protagonizaba el Loco José Vicente Balseca ante el asombro de sus marcadores, y de sus duelos con Luciano Macías que terminaron empate. (O)