Parecía, cuando él atacaba, que en la cancha todas las fuerzas de la naturaleza se habían desatado. La potencia demoledora de Lupo Quiñónez –un delantero que simbolizó la época del fútbol tricolor en que jugó– la sufrían sus rivales, derrumbados como pinos de boliche al chocar contra el pétreo esmeraldeño. Con base en éxitos inolvidables en los equipos más populares del país, Emelec y Barcelona, “se metió a fuerza de garra, temple y corazón en la historia de nuestro balompié, apoyado en un físico privilegiado, para terminar ganándose el respeto y la admiración de todos”, dice Mauro Velásquez en su libro El fútbol ecuatoriano y su selección nacional. Por esas y otras razones el legendario Tanque de Muisne mantiene, entre innumerables hinchas, su condición de ídolo, aunque él no lo acepte. Así lo indicó en una visita a este Diario, el jueves anterior.<b>Usted dice que lo sorprenden las muestras de cariño que recibe en sus visitas a Ecuador, ¿por qué?</b> Sinceramente, me sorprenden. Siempre hay cariño y respeto. Cuando vengo a Ecuador en el aeropuerto siempre hay periodistas esperando para una entrevista, fotógrafos u otras personas pendientes de mí. Me digo (cómo es posible que) después de tanto tiempo de estar fuera (desde 1990 vive en Nueva Jersey) que la gente tenga la misma gratitud de aquellas épocas (cuando jugaba). Para mí es buenísimo. Con eso ya salgo ganando.<b>¿No será porque es un ídolo?</b> No creo ser un ídolo. Lo que ocurre es que gente recuerda el trabajo que hice. Fui un trabajador y me preparé bien para serlo. Entregué todo lo que debía en el campo de juego. Metiera o no goles demostré estar interesado en hacer bien las cosas en todas las instituciones donde estuve.<b>Los aficionados son gratos, ¿lo fueron los dirigentes? Usted no tuvo una despedida.</b> Ya tengo 25 años de haberme alejado de las canchas y nunca le sugerí a nadie (un homenaje) porque creo que la iniciativa debió surgir de ellos (directivos azules y amarillos). Tanto de Emelec y Barcelona, cuando me retiré, no hubo la amabilidad de decir ‘vamos a hacer esto o lo otro por Lupo’. Al uno como al otro yo les di mucho. En Emelec di mi juventud y me entregué al 100% como futbolista y como ser humano. En Barcelona hice lo mismo, o tal vez más porque cuando me uní a ese equipo lo hice ya consolidado. Pienso que sí están en deuda.<b>¿Con qué momentos de su paso por Emelec se queda?</b> Me quedo con dos. Uno, el aprendizaje (futbolístico) que hice en Emelec. Me dediqué y me entregué para aprender bien. Y el otro, haber salido campeón nacional (en 1979).<b>¿Qué importancia tuvo para usted en Emelec el técnico uruguayo Hugo Bagnulo?</b> Bagnulo (en 1977) fue uno de los que más me exigió para que aprenda a cabecear. Yo no venía de una escuela de fútbol, no tenía educación futbolística.Yo me hice (como jugador). Pero hubo mucha gente que me ayudó, tanto entrenadores como compañeros. Siempre estuve dispuesto a aprender y por eso llegué a ser lo que fui en Emelec y Barcelona.<b>¿Qué significó incorporarse a Barcelona, donde ganó dos títulos y jugó semifinales de la Copa Libertadores?</b> Para mí fue como coger al toro por los cuernos (risas). Pensé ‘llegué a Barcelona, pero ahora me toca a mí porque cualquiera llega a este club, pero no cualquiera se mantiene’. En el primer partido no me fue bien y la gente pedía mi cambio. No fui bien preparado mentalmente para ese estreno y tampoco para responderle a los hinchas canarios. Me sacaron al inicio del segundo tiempo. ¡Y vaya, para qué le cuento! Lo que vino de las tribunas contra mí fue un misil. Pero me dije: ‘Yo vine a triunfar en Barcelona. Trabajaré para eso’. Eso es lo que llegué a hacer y eso hice.<b>En sus comienzos como futbolista tuvo problemas porque en la época de su aparición en primera división, hace 40 años, en Ecuador se prefería más a otro tipo de jugador. Los corpulentos no eran los predilectos de los DT. ¿Cómo logró imponerse?</b> Quizá los entrenadores no pensaban que eran útiles los futbolistas corpulentos. Tal vez les parecían pesados para ser números 9. Ellos apostaban por jugadores menuditos que pudieran moverse para los costados y para adelante. Pero logré imponer mi condición en Emelec, aunque con muchos tropiezos y obstáculos. Muchos técnicos (del primer equipo azul) me mandaban a trabajar con los juveniles, pero los DT de esa categoría no me querían y me enviaban con las reservas, donde tampoco me querían. Pedí que me dieran una oportunidad en el plantel principal, no pedía que me pongan a jugar, solo que me dieran la oportunidad de entrenar y mostrarme.Me la dieron y yo me impuse.<b>¿Quiénes fueron sus mejores socios futbolísticos?</b> En Emelec me entendí bien con Aníbal Cibeyra y Carlos Horacio Miori. En Barcelona con Severino Vasconcelos, con Mauricio Argüello y Paulo César. Tuve un buen diálogo futbolero con esos muchachos.<b>¿Quién lo marcó mejor?</b> Orly Klínger. El Zapatón fue el zaguero más complicado. Y hubo un arquero al que no le pude hacer mucho daño: Juan Domingo Pereyra, quien era bajito, pero muy arriesgado. Se lanzaba sin importarle si le sacaban un ojo con los botines o si le rompían las costillas.<b>¿Cómo ve la actualidad de los dos clubes del Astillero?</b> Emelec está haciendo las cosas bien y está donde el hincha azul quiere. Barcelona un poquito mal porque en estos años no le han dado al hincha la atención que necesita. El aficionado motiva al jugador y viceversa. Pero el futbolista depende del hincha y si no le das triunfos y campeonatos se aleja y repudia al jugador. Cuando eso pasa, uno como futbolista se siente mal cuando entra al campo. Hay que entregarse y ponerse el overol. Hay que demostrar por qué te contrató Barcelona.<b>¿Cuánto valdría hoy su pase?</b> ¿Hoy? ¡Nada porque ya estoy viejo y ahora no juego! (risas).Eso lo deciden los dirigentes y en Emelec y Barcelona yo logré cotizarme. (D)