A las 05:15 de un miércoles, cuando en la ciudad la mayoría de las personas duerme o empieza a levantarse, la jornada laboral en los pasillos del mercado de la calle José Mascote lleva ya cerca de dos horas de intenso movimiento.
Con una potente iluminación interior, el griterío de comerciantes y estibadores, los artefactos de música encendidos y el ruido que hacen los vehículos es motivo para despertar a cualquiera.
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En este lugar trabajan decenas de inmigrantes locales, principalmente del Chimborazo, en su gran mayoría de ascendencia indígena que han venido a Guayaquil en busca de empleo.
Antony Apunyón, de 18 años es uno de los 120 estibadores que presta servicios en el lugar. Tiene un año en la actividad y dice que en una madrugada puede hacer entre 12 y 16 fletes de canastas entre el área de descarga de camiones y los puestos del segundo piso. En cada viaje traslada hasta 200 libras, pero prefiere no revelar cuánto le pagan por ello.
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“Es duro... De aquí me voy (a la casa), me pego un duchazo y me pongo a dormir; ya terminé de estudiar allá en la Sierra”, expresa el joven, cuyo rostro evidencia la dureza de su trabajo.
En los descansos se dan tiempo para alimentarse con lo que los canasteros les ofrecen, como panes o aguas aromáticas.
Algunos estibadores se movilizan con gran agilidad, pues mientras más rápido lo hacen, más cargas entregan y más ganan. Se abren camino entre la muchedumbre que colma los pasillos con una seguridad que mezcla a un atleta que lidera una competencia y a un equilibrista de circo, con el peso que cargan sobre sus encorvadas espaldas.
Suben y bajan escaleras, esquivan obstáculos; al volver al punto de partida, los compañeros ayudan a aupar las voluminosas cajas y sacas.
Lorenzo Yunisaca, de 33 años, es un comerciante que trae verduras desde el Mercado de Transferencia de Víveres de Montebello para distribuirlas ahí, por lo que se levanta a la 01:00 y se acuesta a las 10:00.
Empezó desde muy joven en la misma faena que Apunyón, y con esfuerzo, ahora que conoce el negocio, posee una camioneta con la que transporta la mercancía hasta ahí.
En el pasillo de artículos varios, María Chuquimarca desembala sus cargas, en las que se puede encontrar desde un alfiler hasta un abrigo.
Ella lleva 40 de sus 72 años como comerciante y gracias a su empeño pudo ayudar en los estudios a su hija que actualmente es bióloga. Chuquimarca afirma que su local es uno de los pocos de la urbe donde se pueden hallar útiles escolares tan temprano.
Cuando son las 05:50, el bullicio de las personas es aplacado con la música de un puesto en el que suenan populares canciones de los mexicanos Ana Gabriel, Juan Gabriel y un compilado de salsa.
En la planta baja del mercado, en el área de carnicería se filetean lomos, se muele carne, se destazan costillas, se apilan vísceras, se engarzan patas, se despliegan mondongos, se empaquetan bultos para aquellos clientes que acuden a diario para abastecer sus negocios de comida preparada.
Ese es el caso de Ángel Zambrano, quien espera a su carnicero mientras afila el cuchillo antes de preparar su pedido, con el cual cocinará almuerzos en su local de Machala y Huancavilca.
Afuera, los carros pitan mientras los trabajadores de los locales baldean las aceras. Dentro, el contenido de las decenas de cajas ya despliega su colorido entre los mesones de verduras y frutas.
Entre un pasillo y otro, las cáscaras y tallos de hortalizas que son extraídos de los productos se amontonan.
Hasta allí acude Silvia Tigua, desde Huancavilca y Quito. Dice que prefiere adquirir sus alimentos a diario porque le sale más baratos y porque encuentra una amplia variedad de hortalizas.
Ahí, Rocío Guamán deshoja laboriosamente las frutillas que los compradores adquirirán más tarde, sin notar que el olor de los duraznos y manzanas en su mesón es el que perfuma en su totalidad el área.
Los aromas no terminan, ahora es el seco de pollo o la guatita los que convocan a los comensales que llegan para degustar un sustancioso desayuno en el pasillo de comidas.
Entre las 07:00 y 10:00 son las horas de mayor flujo de consumidores, aunque es durante los fines de semana cuando más se abarrota por sus visitas.
De a poco desaparecen los estibadores, se acurrucan en el cajón de un triciclo repartidor agotados por la intensa noche.
Aunque no es ni mediodía, ya algunos comerciantes guardan sus productos y baldean los pisos, se nota su agotamiento, pero tienen que estar listos, pues en pocas horas empezará una nueva jornada.
Inicios
Según la Dirección de Aseo Cantonal, Mercados y Servicios Especiales (Dacmse) del Municipio, el recinto fue construido entre 1960 y 1965, con un piso. Cuarenta años después, el 19 de abril del 2000 se realizó la entrega del nuevo edificio, después de la demolición del antiguo y se le agregó una segunda planta.
Edificio
El área de construcción del mercado José Mascote es de 7.576 metros cuadrados, entre las calles Alcedo, Pedro Pablo Gómez, José Mascote y av. del Ejército. En el sitio se emplazan unos 247 puestos de expendio de todo tipo de productos.