Jorge Martillo
.- Cuentan los abuelos -y lo certifican cronistas como Modesto Chávez Franco en 'Crónicas del Guayaquil Antiguo'- que a inicios del siglo pasado, el carnaval de Guayaquil olía a agua de colonia.

No es como ahora que por decreto hay un puente vacacional y desde el viernes la población huye de Guayaquil. Antes muy pocas familias se iban a Puná, El Morro o Posorja. Aunque el balneario más cercano era el estero Salado.

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En las barriadas de Guayaquil se iniciaba el festejo con la elección de la Reina del Carnaval. La primera tarea de la soberana era conformar su corte y confeccionar al Príncipe Carnaval: monigote del tamaño de un hombre que se lo vestía con terno, camisa blanca, corbata roja, guantes blancos y botines de charol. Se le colocaba la más risueña de las caretas.

A primeras horas de la tarde, el Príncipe descansaba en su trono. Los vecinos salían a la vereda. Una pianola ambulante o una banda de músicos entonaba alegres canciones. La reina iniciaba el baile. El príncipe impávido lo observaba todo. Se brindaba cerveza o chicha de maduro.

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Al caer la tarde se encendían faroles chinos y la fiesta también. La jarana duraba hasta las 10 de la noche cuando el silbato del celador anunciaba que era hora de descansar.

También se jugaba con agua. Pero algunos proyectiles eran cascarones de huevo o parafina. O simplemente se llenaba un mate con agua y el chubasco era mayor. No existían aún globitos, chisguetes ni espray.

Refiere Chávez Franco que al acercarse el carnaval, los panaderos guardaban las cáscaras de huevos para venderlas por cientos.

Los jugadores las llenaban con agua y los más románticos, mezclaban el agua con colonia. Otros menos románticos con anilina de colores. Los carnavaleros 'pelucones' jugaban con cascarones de cera de diversas formas y colores: limones, chirimoyas, estrellas, corazones, peces, etcétera, que llevaba en su interior agua perfumada y se cerraba el boquete con la misma cera derretida. De estos huevos y cascarones nace la costumbre de jugar después con globos llenos de agua.

El domingo, el juego entraba en apogeo. El lunes no se jugaba, se trabajaba porque no existían los puentes vacacionales y en la noche el festejo era moderado. Pero el martes nadie contenía el juego.

Cada esquina llenaba con agua un inmenso barril o pipa, allí era "bautizado" el que aparecía. El talco, polvo o harina de trigo embarrados en caras y cabelleras, era la constancia de que el juego había sido alegre y abundante. Si en esos días había llovido, el lodo era un elemento más del juego.

Las calles eran campos de batalla donde nadie moría. Al final de la tarde era el entierro del Príncipe Carnaval. Los jovenzuelos cargaban al monigote. El cortejo recorría las calles de la barriada hasta un solar baldío donde la Reina despojaba al monigote de sus elegantes atavíos.

El Príncipe quedaba abandonado y reducido a un esqueleto de palo, era el triste final de la fiesta de carnaval. Existen varias similitudes entre la fiesta del carnaval y la del 31 de diciembre. En ambas celebraciones estaba el monigote y elementos purificadores como el agua y el fuego. ¿Cuándo desapareció el Príncipe Carnaval? No lo sé, al menos el monigote de fin de año se ha ido transformando.

En 1936, el español F. Ferrándiz Alborz, más conocido por su seudónimo de Feafa, publicó 25 Estampas de Guayaquil, una está dedicada al carnaval. La visión del español de esta fiesta no es nada romántica.

Expresa que los tres días del carnaval guayaquileño de 1935 fueron de desenfreno en los cuales se jugaba por toda la ciudad. No había casa de la que no saliera un chorro de agua para mojar al vecino o al transeúnte.

"A la media hora de fiesta todo el mundo está con las ropas pegadas al cuerpo. Las mujeres muestran el contorno de su figura; los senos erectos, la caída del dorso, el vientre, las nalgas, las piernas. Con la ropa pegada, las mujeres parecen estatuas vivientes", esa imagen tropical visión excita al español. Aunque lo molesta los actos violentos: "Os asomáis al balcón y al momento un mangajo hace estallar en vuestro rostro una bomba de agua. Pasáis por la acera preocupado por algún asunto, y pronto, desde un ventanal, una señorita arroja sobre vosotros un balde de agua que os refresca la imaginación".

Además esos carnavales eran bastante salvajes: "Aparece de pronto una patrulla de mozos con una lata llena de algo mal oliente, poniendo al transeúnte ante este dilema: O paga un sucre o lo enmierdan. Y no hay más remedio que pagar un sucre...". En los últimos años, en el centro de la ciudad, ya no se juega con tanta violencia pero en las zonas más alejadas, la costumbre de hacerlo con agua, polvo, anilina, hollín y lo que venga se mantiene en pie. El miércoles, los católicos acudirán a los templos a recibir la ceniza y otros irán a fiar a la tienda de su barrio porque se gastaron la quincena de febrero en honor al momo.