En días anteriores se abrió una polémica sobre las bases del Salón de Julio. En una de sus cláusulas, el Salón limitó el uso de gráficos y lenguaje sexualmente explícitos después de haber recibido composiciones con desecho biológico producido durante coitos. Se resolvió esto para establecer un marco referencial claro que permita la inclusión de un mayor número de obras y hacer del Salón un espacio para un público amplio. Esta decisión está en concordancia con la misión del Salón y tuvo un voto unánime.

Sin embargo, pese a que la normativa tiene amplias ventajas para la comunidad de artistas como para la sociedad guayaquileña en general, ha habido un fuerte activismo político en contra de esta disposición. El asunto ha llegado a la desafortunada comparación de esta normativa al referirla entre las dispuestas por regímenes totalitarios o fundamentalistas; me permito presentar por qué el argumento es inválido, y luego los beneficios de esta normativa. El Museo Municipal es solo un agente más de promoción cultural. Esto implica que no está en sus facultades definir qué es arte ni crear un espacio para redefinirlo en caso de ser necesario. Su labor se limita a la promoción de la oferta artística.

Es decir, crea un espacio público para que permita la interacción de los artistas con la ciudadanía. En cambio, un régimen totalitario sí tendría una agenda cultural que proponga una visión artística determinada. En este caso sus agencias son encargadas de establecer al menos los términos de la composición. Este no es el caso del Salón. De lo anterior se sigue que el Museo Municipal no puede censurar ninguna obra. La labor de las comisiones se limitan a ‘seleccionar’ obras que están acordes con unas bases de concurso hechas públicas y bajo el fiable criterio de artistas calificadores.

Si alguien dentro de las comisiones se siente incómodo o cree que una composición es “indecente”, es un asunto irrelevante.

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De otra manera, apenas se podría juzgar la calidad de los jurados. El Salón de Julio es un espacio público. Esto significa que es un lugar común para un público amplio. Las bases del Salón se realizan pensando en esta realidad. Si bien la comunidad artística tiene la libertad de entrar en periodos experimentales, el espacio público siempre tiene reservas. Esto se debe a que el arte en público refleja una forma aceptada de expresión y en sí, una actividad que vincula a todos incluyendo a personas sin criterio formado. Es en esta reserva que la experimentación debe hacer buen uso de la persuasión para trasmitir su mensaje. El uso de desechos, tras un acto sexual, y material sexual explícito, no es persuasivo bajo el contexto histórico que viven los guayaquileños. Estas obras excluyen a las personas que con menor criterio hacen uso de las instalaciones del Museo.

Es por esta razón que el argumento de los que censuran es inválido, en cambio si fueran consistentes, deberían preguntarse por qué sí quieren imponer su criterio artístico sobre el resto de la comunidad; a su vez, por qué quieren excluir a la sociedad guayaquileña de su Salón para limitarlo a un grupo minoritario.

El Salón de Julio no es un evento privado y no puede ser dominado por un pequeño sector que busca imponer su criterio al resto de la ciudadanía, aunque en la misma comunidad artística puedan tener reputación. La historia siempre se encargará de juzgar nuestros trabajos.

Hellen Constante,
artista plástica, Samborondón