“Tengo pesadillas... Yo sueño que soy un ángel volando, todo precioso, llueve estrellas; y desde ahí se me pone amargo mi sueño: llegas tú, me quitas mis alas y caigo a un pozo oscuro y sin salida... Tú no quisiste ser mi papá, ni dejaste que otra persona tenga papá. ¿Te acuerdas?, claro que te debes acordar del caso Fybeca...”, son líneas de una carta escrita por la niña de 12 años, de quien su padre, el expolicía Érick Salinas, abusó.

Así lo determinaron el pasado 8 de abril la fiscal Diana Cueva y la jueza Guadalupe Manrique, después de un proceso que les tomó casi dos años de investigaciones y que ‘irónicamente’ ¬como lo califica la fiscal¬ comenzó en el 2009, cuando el propio exagente policial denunció por abuso sexual a Darío Alvarado, quien entonces era conviviente de Patricia Mayorga, la madre de la niña.

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En el 2009, cuando empezó la investigación y después de que los exámenes legistas determinaron que la niña presentaba secuelas de un abuso sexual, la fiscal Cueva solicitó a la jueza 12º de lo Penal, Guadalupe Manrique, que se emita la orden de prisión preventiva contra Alvarado. Salió la boleta pese a que ante psicólogas de la Fiscalía la niña no daba pistas claras de quién era el violador.

Tiempo después, a fines del 2010 y tras varias pruebas psicológicas realizadas a la pequeña, la medida quedó sin efecto. La razón: la afectada reconoció como abusador a su padre, el exagente Salinas, al que había conocido cuando tenía 8 años, pues su madre se distanció de él y cortó la relación de pareja después de quedar grávida, cuando tenía 17 años.

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“Fue fundamental la valoración psicológica, la niña parecía tener mucho miedo, pero escribiéndolo reveló el nombre del abusador”, cuenta la fiscal; y explica que la chica siempre prefería escribir en las sesiones. Es así como un día, tras plasmar la frase “ayúdeme, por favor, esto es una pesadilla...”, dejó claro a las autoridades que su violador era el hombre al que acababa de reconocer como su padre.

Desde la Penitenciaría del Litoral, Salinas niega ser el culpable de la violación. Dice que le han montado un juicio para hacerle pagar un delito del que muchos lo creen culpable. “Menos la justicia que me absolvió”, dice. Se refiere a la desaparición de Johnny Gómez Balda, el 19 de noviembre del 2003, a quien él detuvo durante un frustrado asalto a la farmacia Fybeca de la Alborada, en el norte.

En ese hecho, un fotógrafo de este Diario captó el instante en que Salinas llevaba a un detenido con el rostro tapado con la camiseta que vestía, esposado y agarrado de la nuca y un brazo. Dolores Guerra asegura que ese detenido era su esposo, Johnny Gómez. Ahí también resultaron acribilladas ocho personas, entre estas, Carlos Andrade, cliente que compraba pañales para su hija, y Guime Córdova, mensajero del local; y hubo una detenida, Seydi Vélez. Además desaparecieron César Mata Valenzuela y Erwin Vivar Palma.

Tras la investigación de ese caso, el dictamen del fiscal Carlos Pérez Asencio decía: “Tampoco se ha demostrado que Johnny Gómez Balda, César Mata Valenzuela y Erwin Vivar Palma se encuentren desaparecidos, y más bien existe orden de prisión en contra de ellos”.

Salinas, quien durante la investigación por violación a su hija entregó certificados médicos de que padece de diabetes, tuvo un paso efímero por la Policía. Un informe de la Dirección de Personal del 2009 indica que permaneció ahí ocho años, tiempo durante el cual cumplió 528 horas de arresto.

En su carrera no logró ascender a cabo segundo por acumular varias sanciones disciplinarias, entre ellas un juicio por la muerte de un menor, en el que el Tribunal Policial lo sobreseyó. Pero después fue dado de baja acusado de extorsión.

En el 2003, cuando intervino en el operativo del caso Fybeca ya no formaba parte de la institución policial, sin embargo, él dice: “Pasaba por ahí (Alborada) y ayudé”. Pero prefiere no explicar por qué cargaba esposas, como se observa en las fotografías hechas por el reportero gráfico de este Diario.

Guerra asegura que ese hombre, con el rostro cubierto por la camiseta blanca, era su esposo, quien ¬explica¬ se dedicaba al comercio y había tenido una detención por portar armas sin un permiso. “Por último ¬reniega ella¬, así hubiese sido el peor de los delincuentes, no tenían por qué desaparecérmelo”.

Cuando refiere el caso, Salinas asegura que ya ha demostrado que quien aparece en la fotografía no es Gómez y que cuando hubo el juicio del caso Fybeca se presentó a declarar la persona que él llevaba detenida aquella mañana del 19 de noviembre; sin embargo, su nombre no se dio a los medios el día del hecho. Al final, los jueces se abstuvieron de acusarlo y fueron absueltos todos los policías que intervinieron en el hecho.

Cuando se le expone el caso de violación por el que la Fiscalía ha pedido la pena máxima, 35 años por los agravantes (según la fiscal, era el padre, usó objetos, la niña tenía 8 años, etcétera), Salinas dice que lo único que están haciendo es juzgarlo por “una acusación infundada del pasado. Como abogado confío en la justicia terrenal; además, aún tengo recursos para interponerlos si es que me sentencian”, asegura él.

“Yo no estoy siendo juzgado por una violación sino por el caso Fybeca”, cree el hombre que desde enero pasado permanece en la Penitenciaría del Litoral. Ahí comparte una celda del pabellón Atenuados alto, uno de los sitios más cómodos dentro del penal, donde, pese al encierro, los internos están en celdas con aire acondicionado y televisores, algunos incluso modernos de pantalla plana. En el sitio, la mayoría de presos cumple penas o espera sentencia por el tráfico ilícito de drogas.

Salinas dice no tener comodidades. “Aquí duermo en el piso”, asegura, y comenta que está ahí por el riesgo que corre su vida ante el ataque de cualquier interno. Pero al instante reniega por su situación y dice: “Ah, ¡qué importa!, que cojan ticket y me hagan lo que quieran”.

Además de haber solicitado la sentencia de 35 años, la Fiscalía también ha abierto otra investigación contra Salinas por ‘pornografía’, pues cuando allanó su oficina, asegura Cueva, se encontraron fotografías de órganos sexuales femeninos, impresiones de mujeres desnudas, cremas de roxicaína (anestesia) y un juguete sexual con el que hacía daño a su hija.

Esa pequeña a quien la mamá le confiaba para que tuviera un acercamiento de padre e hija, pero a la que ¬según las investigaciones¬ la llevó a vivir un dramático episodio, al que la niña califica en sus escritos como “lo peor que me ha pasado en la vida”; sin embargo, hoy le comenta a su madre que, con Érick Salinas tras las rejas, por fin puede dormir en paz.