(El título original de este trabajo es 'Grandes hombres', pero lo encabezo así en solidaridad con Emilio Palacio y con los personeros de Diario EL UNIVERSO, enjuiciados por un artículo que se llamaba de esta manera. Además, creo que, en el fondo, toda columna editorial hecha con honradez puede rotularse 'NO a las mentiras').

Napoleón Bonaparte trataba mal a sus ministros, los insultaba como verdulera. (no sé si lloraban, como algunos secretarios de Estado que hemos visto). en todo caso, les hacía sentir muy mal. El príncipe Carlos Mauricio de Talleyrand fue uno de los ministros más talentosos que tuvo el emperador francés, lo que no lo salvó de una de las feroces andanadas de Bonaparte, tras la cual, al salir del despacho imperial, dijo: "Lástima que un hombre tan grande esté tan mal educado". Elegante, la elegancia es una forma de inteligencia.

Pero ¿qué es lo que Talleyrand entendería como un "gran hombre"? Más aún, preguntémonos qué es lo que se concebiría a principios del siglo XIX como tal. A veces, pensando en colosos como Napoleón, nos dan ganas de creer que ya no hay grandes hombres en nuestro tiempo. Parecen una especie extinta incompatible con la modernidad. La explicación es probablemente tecnológica, las cámaras, grabadoras y micrófonos, la televisión y tantos artilugios de comunicación modernos, acercan demasiado irremediablemente a los personajes, ya no son dioses que moran en el Olimpo de sus castillos, pasaron a ser seres cotidianos, cuyas bajezas, errores, debilidades, quedan al descubierto.

Los hay aquellos que quieren forzar la grandeza hinchando sus imágenes con propaganda y, sobre todo, suprimiendo la información que desnuda sus facetas humanas, demasiado humanas, cuando no inhumanas. Por eso la persecución a la prensa, a los periodistas, el control de todos los medios, que los muestran gordos, calvos, codiciosos, falibles y falaces, no, eso no les puede pasar a los titanes. Un déspota como Napoleón no sería tolerado en esta época, lo bombardearía una colación internacional. ¿y no fue eso lo que le pasó? De cualquier manera, nadie lo admiraría, salvo sus colegas autócratas.

La grandeza entendida como "elevación de espíritu, excelencia moral" es rara de encontrar entre los políticos de todas las épocas. La investigación histórica, moderna y científica ha desnudado también a los "grandes" del pasado y ya no nos parecen tan excelsos. Las cualidades que nos llevan a calificar así a los seres humanos se reservan para los santos (religiosos y laicos); los artistas y científicos han hecho grandes obras, cuya esplendor no contamina necesariamente a sus personas, a veces grotescamente limitadas. Pero la mayor caída es la de los caudillos, Stalin, Lenin, Mao, Mussolini, Gengis Kan, Alejandro Magno, empapados en demasiada sangre como para ser admirados. Sin embargo, el caudillo es una figura que se empeñan en mantener algunos, necesitados de una figura paterna que compense la inseguridad que les provoca su mediocridad. Quieren un padre castigador, que los haga llorar "por su bien". Pero ante un pequeño déspota en nuestros tiempos el brillante Talleyrand nos diría que no se trata de un gran hombre sino, simplemente, de un maleducado.