El teléfono celular timbra y alguien, con voz baja, rota por el dolor, responde al otro lado de la línea. Se trata de un ecuatoriano que ahora vive en un departamento de Arenys de Munt, población a 45 km al norte de Barcelona, donde convalece después de haber perdido su mano en un accidente laboral ocurrido el 12 de enero.

La situación se complica porque no tiene permiso de trabajo. Lo perdió al caducar su tarjeta de residencia y no la pudo renovar al estar desempleado.

Ha logrado sobrevivir valiéndose precisamente de sus manos, porque desde que llegó a España ha salido adelante haciendo de electricista, carpintero, albañil y soldador, que es su verdadera profesión.

“He hecho de todo, porque soy muy hábil. Me gusta trabajar especialmente con el metal y el aluminio”, dice.

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El 12 de enero laboraba en un taller en Vilassar de Mar, cuando la mano fue triturada en un torno. Gritó para alertar a sus compañeros. El encargado lo llevó a un hospital advirtiéndole que no diga cómo ocurrió el accidente, lo sedaron, y cuando despertó, se dio cuenta que le habían amputado la mano.

Ahora su mayor angustia es cómo comunicarle a su familia lo ocurrido. Según confesó, él era el sostén, el encargado de enviar dinero a Ecuador. Aquí se encuentra solo y actualmente se mantiene gracias a la ayuda de unos inmigrantes bolivianos. “Los chicos se han portado muy bien conmigo, desde el principio han estado conmigo apoyándome en cada momento”, dice con su marcado acento de la serranía ecuatoriana.

“Estoy muy mal psicológicamente y muy deprimido. No quiero que mi familia se entere de mi accidente. Quiero ser yo mismo el que se los diga”, señala. Su caso lo impulsa Borja Masramón, abogado que trabaja para el Consulado de Ecuador en Barcelona.