Son once aviones por bando que aceleran, chocan, caen, se levantan, saltan, se arrojan con fiereza a los pies, esquivan un guadañazo, tocan rápido, se desmarcan, entran a buscar un centro con envión como para derribar un muro... Todo a cien kilómetros por hora.

Después de muchos años presenciamos un partido de fútbol a ras del campo, a escasos tres metros de la raya, casi pegados al banco de suplentes de Liga de Quito en el encuentro final por la Recopa Sudamericana. Desde ahí pudimos observar la impresionante velocidad e intensidad con que se juega. Algo que nos sorprendió e impactó. Los jugadores son auténticas máquinas físicas preparadas para correr 95 minutos ó 120 si fuese necesario. O más.

Casi nos pareció sobrenatural. Comprobar la ligereza del mendocino Enzo Pérez llevando la pelota fue notable. Ese mismo partido (Estudiantes-Liga) visto desde lo alto de la tribuna parece jugado en cámara lenta.

La cercanía con la cancha posibilita entender el por qué hoy no se pueden ver jugadas épicas como las de antes, cuando un jugador eludía a cuatro o cinco rivales. Ahora no pueden ni pestañear. Apenas intenta parar la bola ya viene alguien a toda prisa y lo empuja, lo golpea, lo choca, forcejea con él y, si no puede quitarle la posesión, al menos lo obstruye de manera que quien viene atrás sí se la robe. Pierde la estética del juego, es un espectáculo diferente en el que se busca el resultado sin dilación. No hay tiempo para florituras, para nada.

Las cosas que logran hacer Messi y Xavi en este contexto torbellinesco actual son maravillosas. Uno porque logra sortear una valla, dos, tres, definir con clase; el otro porque aún sometido a esta feroz presión física, igual se las ingenia para administrar el balón, razonar la jugada, hamacarse hacia derecha o izquierda y soltarlo recién cuando ha visto la mejor opción de pase. Nadie apura a Xavi Hernández, él decide pese al acoso asfixiante de los rivales. Para ello no alcanza  con poseer una alta condición técnica, también se precisa una gran personalidad. Después de este Estudiantes-Liga creemos más que nunca que se trata de dos genios. ¡Las cosas que hubiesen hecho hace cincuenta años…!
 
“La pausa es fundamental en el fútbol”, sostienen muchos analistas y observadores. Nunca nos detuvimos tanto en dicho concepto como después de ver este juego. Estudiantes propuso un fútbol infernal, alocado casi, jugado a un toque, con jugadores que salían disparados en distintas direcciones. Hasta los cinco minutos pareció que arrollaba a Liga, luego fue perdiendo precisión, lucidez y profundidad en esa dinámica de carreras y piques. Necesitaba justamente una pausa, un alto. Esos dos o tres segundos que iluminan la mente y aclaran la jugada. No hizo goles y, lo que es peor, apenas dispuso de 3 ó 4 situaciones para anotar. Pocas para su enorme ambición. Es que con tanto vértigo se desprolija el juego y se favorece la acción del rival para desbaratar los avances. Moraleja: la velocidad desequilibra; demasiada velocidad autoanula.

Los futbolistas vuelan, los técnicos hostigan desde el banco con gritos y la hinchada ruge (la de Estudiantes es una masa fenomenal que no paró un minuto de fabricar fervor. Y cuando atruena el “¡Estudiaaaannnn… ¡Estudiaaaannnn…!”, realmente empuja a sus jugadores hacia delante y a los contrarios hacia atrás. En ese contexto nos apiadamos como nunca de la figura del árbitro. El brasileño Carlos Simón soportó un clima pesado, típico de final, con reclamos airados y protestas de todo tipo. Pero no cedió ante nada y sacó adelante un partido difícil. Altamente meritorio. Cualquier falla menor es anecdótica.

Liga de Quito se consagró bicampeón de la Recopa Sudamericana empatando 0-0 de visita, luego de haber triunfado 2-1 en casa. Y lo hizo defendiendo a muerte su valla. No fue un deshonroso agrupamiento de hombres frente a su arquero. Debió retroceder por la pujanza del adversario. Nunca pegó, no hizo tiempo, no revoleo la pelota. Tampoco renunció a atacar, estuvo cerca de marcar.

A su llegada a Quito, los muchachos de Liga fueron recibidos como héroes por una multitud. No era la Copa del Mundo ni habían ganado 5 a 0, pero la gente entendió que hubo once varones que dejaron la piel para alcanzar el objetivo. Esto habla de la madurez del fútbol ecuatoriano. “Estoy muy contento, ¡qué personalidad mostró el equipo…!”, nos dijo Edgardo Bauza apenas oídos los tres silbatazos del final. “Mirá que Estudiantes apretó, buscó, aceleró, pero no se achicaron nunca”.

De cómo un 0 a 0 puede ser una experiencia fascinante, de eso trata también esta nota. Gloria y loor a Liga, respetos al gran Estudiantes de La Plata.