Simón Pachano
Los viejitos que no han hecho nada más que tratar de durar lo que sea posible, ahora disputan el espacio de la crónica roja a las víctimas del sicariato. La diferencia es que ellos aparecen como culpables y con órdenes de captura que, gracias a una justicia ágil y eficaz, están listas a ser aplicadas de inmediato. Sin saber cómo y por qué, han terminado convertidos en autores de un delito que no cometieron, porque gracias a una sabia y revolucionaria interpretación de la justicia ahora unas personas deben responder por actos que nunca realizaron. Concretamente, si un hijo, un nieto, un hermano, un sobrino o cualquier miembro de la familia se desentiende de la manutención de su hijo, entonces hay que hacerle responsable al pariente que se encuentre a mano.

Lo interesante es que esa interpretación se originó en personas con larga trayectoria en las luchas feministas y que, en consecuencia, siempre buscaron establecer el principio básico de que cada persona, en sí y por sí, es un sujeto único de derecho. La individualidad de la mujer, su afirmación como sujeto (¿se dirá sujeta?) autónomo de derechos y de responsabilidades, era no solamente uno de sus postulados, sino el que definía a todos los demás. Esa condición podría lograrse únicamente a partir del reconocimiento de su capacidad para tomar decisiones y para desempeñarse libremente tanto en lo cotidiano como en lo jurídico. En definitiva, se trataba de reconocer en la mujer los mismos derechos que habían sido atribuidos exclusivamente al hombre. Eso significaba aplicar estrictamente el concepto de individualidad a todas las personas. Al dejar de ser un apéndice del hombre, la mujer sería responsable de sus propias acciones, no de las que realizara el hombre aunque las hiciera en nombre de la familia. Ese principio es el que se está negando con la novedosa interpretación. El feminismo de la revolución ciudadana ha ignorado totalmente la trayectoria de la historia y ha colocado al país dentro de ese oscuro paréntesis que fue la Edad Media.

No termina ahí el asunto. Siguiendo esa inapelable lógica, a la que se añade una fuerte dosis de moralismo talibán y meditación new age, el par de ministros que creen que el trago dominguero produce delitos (excepto en los estadios), decretan que el dueño del restaurante será corresponsable de lo que haga el borrachito que consumió allí. Nuevamente, entonces, el retorno a las épocas en que las responsabilidades individuales podían extenderse hasta involucrar a los miembros de la familia, del gremio, de la clase o del país.

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No habría que sorprenderse si estos dos aportes a la teoría del derecho hubieran surgido espontáneamente en una perorata sabatina, ya que existiría consecuencia absoluta con el desconocimiento jurídico y las posiciones conservadoras del jefe máximo. El problema es que ya son parte del entramado legal del país y que en la propia Constitución no existe un solo artículo que sostenga el carácter individual de las responsabilidades frente a la ley.

Deslices de borrachos e hijos olvidados ya son de todos.