Inspirada en la catedral de Cracovia, Polonia, y diseñada por el sacerdote redentorista alemán Juan Bautista Stiehle, la construcción de la Catedral Nueva, dedicada a la Virgen de la Inmaculada Concepción, demoró alrededor de cien años.
De ladrillo, cal y arena es la iglesia más grande del país, y una de las mayores obras a nivel de Latinoamérica. Su historia tiene abolengo real. En junio de 1779, el rey de España, Carlos III, ordena su construcción, pero fue recién en octubre de 1885 cuando se inicia la obra.
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La escasez de dinero fue una constante, a tal punto que se analizó la posibilidad de cambiar los planos por otros menos ambiciosos. Fue necesaria la venta de terrenos de la Curia, tomar rentas de las vacantes que no se cubrían en el Cabildo o la creación del impuesto, por 1940, de dos sucres por cada quintal de sal que ingresaba a Azuay.
Décadas de trabajo le dan a la estructura un estilo románico, gótico y renacentista. Revestimiento de mármol de canteras locales e italianas, además de la labor de decoradores, talladores y obreros especializados dieron forma a la iglesia.
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La obra, incompleta a falta de dos cúpulas en el frontis del templo, tiene 105 metros de longitud y 43,5 de ancho con una capacidad para ocho mil fieles.