El 8 de abril me encontraba en el portal de un almacén de esta ciudad, donde le iba a comprar los cuadernos a mi hija de 8 años.

Cuando íbamos a entrar al local, mi hija gritó, vi a un niño del tamaño de mi hija salir corriendo; y al mirar a mi hija que lloraba, tenía las orejitas sangrando ya que el ladronzuelo le había robado los aretes, dañándole las orejas a mi pequeña.  A mí, me temblaba el cuerpo. Yo no sabía qué hacer.

Un señor de las tantas personas que observaron el asalto, llamó a la Policía, y al llegar un uniformado dijo: “no importa, no es mucho señora, y con las nuevas leyes no puedo hacer nada; los aretes no valen nada”. Es verdad, los aretes no valen nada, pero qué hago con mi sentimiento de impotencia, con el terror de mi hija, y con esta furia de saber que el robo está legalizado en el país.

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Ahora mi hija ya no quiere salir a la calle. ¿Quién paga y borra el daño psicológico que le ha quedado?

Mirella Macías M.,
tecnóloga, Guayaquil

Nota de la Redacción:
La información que le dio el uniformado a la lectora es equivocada. El hurto con violencia sigue siendo un delito.