E l carbon, el petróleo y los fertilizantes. El afán de atender a la imparable demanda mundial de materias primeras crea nuevas realidades. El alto precio del crudo ha devuelto al carbón su atractivo, a pesar de su contribución al calentamiento global. Mientras, las grasas de cocinar se han vuelto tan valiosas como combustible alternativo que las están robando de los barriles de desechos en los restaurantes de EE UU. Y Perú pretende aprovechar sus depósitos de guano (excrementos de aves marinas) para atender la demanda de fertilizantes.
Alza del crudo troca la grasa en oro
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El bandido estaciona su camión en la parte trasera de un restaurante de comida rápida en la zona norte de California, una tarde de abril, armado con una manguera y un tanque. Después de hurgar en la basura variada del restaurante, coloca un tubo en un maloliente depósito de almacenamiento y extrae unos 1.135 litros de grasa, según fuentes policiales.
El hombre fue descubierto antes de que pudiera escapar. La policía encontró en su camión 9.500 litros de grasa usada para freír, lo que indicaba que el Burger King al que estaba robando no era su primer asalto de comida rápida del día.
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Fuera de Seattle, el robo de aceite para cocinar se ha convertido en un problema tan grande que los dueños de Olympia Pizza y Pasta Restaurant de Arlington, Washington, están planteándose colocar una cámara de vigilancia para tener custodiados sus barriles de 190 litros de grasa cada uno. Nick Damianidis, uno de los dueños, dice que su barril ha sido asaltado siete u ocho veces desde el verano anterior por ladrones que atacan de noche.
“La grasa para freír se ha convertido en oro”, afirma Damianidis. “Y hasta hace sólo un año, tenía que pagar a alguien para que se la llevara”.
Para sorpresa de Damianidis y mucha otra gente, el aceite de freír procesado, llamado grasa amarilla, en realidad no es basura. La grasa se comercializa en el mercado en alza de materias primas.
Su valor ha aumentado durante los pasados meses hasta alcanzar valores históricos, provocados por los precios aún más desorbitantes del gas y el etanol, convirtiéndola en una forma todavía más popular si cabe de biodiesel para alimentar a coches y camiones.
En 2000, la grasa amarilla se vendía a 10 céntimos el kilo. El 29 de mayo, su precio era de unos 42 céntimos el litro (según esto, el botín de 9.500 litros del caso de Burger King ascendería a más de 3.500 euros).
El biodiesel es un derivado del aceite vegetal o animal procesado con alcohol. Aunque sale caro, su uso es cada vez más habitual en Estados Unidos. Con un equipo de conversión adecuado (fácilmente asequible en Internet), cualquiera puede transformar aceite de cocina desechado en un combustible para motores que puede usarse por sí solo, y también se puede utilizar como un aditivo barato del diesel habitual.
“La última vez que los chavales atracaron aquí fueron a por las bebidas”, comenta Damianidis, que fríe alitas de pollo y palitos de queso.
“Obviamente, roban el aceite porque tiene valor”. Los agentes de la ley no recopilan estadísticas nacionales y no está claro si esto es parte de una moda pasajera o es algo más serio.
Los sospechosos que forman parte de un número creciente de robos de grasa encajan en varias categorías, afirman fuentes entrevistadas sobre el asunto, ya que el hurto de grasa es un delito para oportunistas. Estas categorías incluyen ecologistas preocupados por el impacto del carbono que actúan por su cuenta, firmas rivales de gestión de residuos que quieren ganar a las demás a hurtadillas, y ladronzuelos que se aprovechan del valor en aumento del aceite en el mercado negro.
Se han detectado robos en al menos 20 Estados, señala Christopher A. Griffin, cuya familia es dueña de Griffin Industries, una de las mayores empresas de recolección y derretimiento de grasas de EE UU. El problema ha adquirido tales dimensiones que Grifin ha contratado a dos detectives para que investiguen los robos en todo el país. “Robar es robar”, asiente Griffin, afincado en Cold Spring, Kentucky. “Me da igual que robes grasa o diamantes”.
El aceite de freír que se utiliza exclusivamente para un tipo de comida —por ejemplo, una cadena de pollo frito— se paga muy caro debido a su relativa pureza. Los productores de grasa a gran escala, que en su gran mayoría son restaurantes, poseen su propio aceite usado y en los últimos meses han extraído un pequeño beneficio al venderlo a los recolectores.
A causa del olor rancio de la grasa, casi todos los restaurantes lo almacenan en la parte de atrás junto a la basura.
“Si pones algo en la basura, es propiedad abandonada”, afirma Jon A. Jaworski, un abogado de Houston que representa a los ladrones acusados de robar grasa. “En muchos casos no se trata de un robo”.
Aún así, la mayoría de los propietarios de restaurantes y colectores de grasa aseguran que ésta no está ahí para que se la lleve cualquiera.
“Hay una nueva lucha por el producto, que decididamente es un sector con una demanda en auge”, asegura Bill Smith, un reportero de mercados que trabaja para la Yellow sheet de Urner Barry, un boletín del sector que informa sobre la grasa amarilla. Un restaurante típico de comida rápida produce entre 68 y 114 kilos de grasa a la semana. Muchos no se dan cuenta cuando hay un robo debido a que suele ocurrir de noche.
Damianidis, que ahora vende su grasa por una pequeña tarifa mensual, encuentra que el problema del aceite de freír robado es bastante preocupante y alarmante. Y quiere parar los robos. Se inclina por instalar una cámara de seguridad y espera que ocurra lo mejor.