Siempre que atravieso el Parque Ferroviario y paso junto a los restos restaurados del bar que tuvo Daniel Santos en la ribera del estero Salado, me digo: debo escribir las aventuras del Inquieto Anacobero en Guayaquil.

Sobre Daniel Santos se han escrito miles de páginas (biografías noveladas, cuentos, crónicas, artículos, etcétera). Quizás el mejor libro sea La importancia de llamarse Daniel Santos, del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez. Otro gran texto sobre su vida es Vengo a decirles adiós a los muchachos, del también puertorriqueño Josean Ramos.

Daniel Santos Betancour nació el 6 de junio de 1916 en Santurce, Puerto Rico. Antes de ubicar a  Santos en Guayaquil, recordemos hechos de su agitada vida.  Nunca olvidó que de niño usó su voz para ganarse la vida pregonando: “Aguacaaateee... hueeevooos”.

Tampoco que su padre, antes de irse a Nueva York, le entregó una cajita para que lustrara zapatos.

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A los 9 años llegó a Nueva York, 5 años después vendía hielo, carbón y ron  falseta; cortaba árboles, limpiaba calles, construía aceras y destapaba cloacas.

El sábado 14 de septiembre de 1930, debutó como vocalista del Trío Lírico que amenizaba fiestas latinas, también cantó en el conjunto Yumurí. Y en el cabaret Cuban Casino fue cafiche de 5 prostitutas que, al final de la noche, le entregaban el dinero ganado.

Su vida cambió cuando Pedro Flores lo escuchó interpretar Amor perdido y lo contrató de solista del Cuarteto Flores.

Un día cantaba Despedida en la parte que dice: “Solo me parte el alma y me condena/ que dejo tan solita a mi mamá” por bromear dijo: “mamaaaooo”, Flores se rió y le dijo que esa debía ser una característica de su estilo. Lo ensayaron y cada vez que se podía cambiaba la A final por una O.

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En 1982, en una entrevista, declaró su posición política de nacionalista y escribió algunas canciones de ese tipo. En 1957 escribe Sierra maestra, monte glorioso de Cuba, dedicada al Movimiento 26 de Julio. Envió un disco a Fidel Castro y este lo tocaba en la emisora clandestina para alentar a las tropas que peleaban contra el tirano Batista.

Mitos y leyendas siempre giraron en  su torno, en los años 50 se decía que tenía licencia oficial para fumar marihuana.
El rumor, como cualquiera de sus canciones, se propagó y muchos fumadores clandestinos anhelaban tener ese privilegio.

Sus aventuras
Daniel Santos cuando visitó Ecuador, tuvo suerte diversa. A veces por su culpa y otras, por mala fe de los empresarios, fue a parar a la cárcel.

En Vengo a decirles adiós a los muchachos recuerda que en 1956, en plena presentación en el teatro Apolo se quedó afónico por haber bebido cervezas, pidió excusas y cuando dio las espaldas para retirarse: “Sentí la indignación del público manifestarse en una guerra de sillas voladoras, botellas y vasos que rozaban mi celaje, y varios disparos que me hicieron correr al camerino en busca de refugio”.

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Salió del teatro resguardado por policías, mientras los bomberos intentaban apagar el incendio. Pidió ser trasladado a su hotel, pero fue confinado.

“En las otras celdas –narra- mantenían apiñados a los delincuentes comunes, que juntos formaban un cuadro dantesco difícil de olvidar. Era lo más depravado que había visto en mi vida: drogadictos, rateros, borrachos, homosexuales, sátiros y desajustados mentales, todos semidesnudos, mirándome atónitos como si hubieran visto un espectro”.

Pero de ese Guayaquil grotesco surgió la magia cuando uno de los presos empezó a gritar: “Damas y caballeros, tengo el honor de presentarles al Inquieto Anacobero, Daniel Santos”, e inmediatamente el que estaba al lado tomó una escoba a manera de micrófono y empezó a cantar: “Preso estoy y estoy cumpliendo la condena,/ la condena que me da la sociedad...”.

Los diarios anunciaron su encarcelamiento y el pueblo le dio muestras de afecto llevándole revistas, cigarrillos, café, galletas y una radio para que escuchara música. Una humilde familia, todos los días, le llevó comida. Santos conservó la foto de aquella señora sirviéndole de desayuno una taza de café.

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Al tercer día escribió el bolero Cautiverio. Lo sentenciaron a seis días de prisión y a pagar un multa de 4 dólares. Al salir, compró a sus compañeros de encierro: 19 camas con sus respectivos colchones, almohadas, sábanas, toallas, galones de pintura y brochas para mejorar en algo aquel infierno.

Pero no todo fue en tono de tragedia porque también compuso la alegre guaracha Cataplum pa’ dentro anacobero: “Cataplum, llegué yo al Ecuador,/ cataplum, arriba va el telón,/ cataplum, empieza la función,/ cataplum, termina la canción.(...) Volaron ladrillos, volaron botellas,/ volaron maderos, sonaron centellas./ Y yo sin probarla, comerla o beberla,/ al Cuartel Modelo, la patrulla me llevó/ Coro: Cataplum adentro anacobero./ Daniel Santos: A mi Comisario no le gusta el bolero...”. Dos veces más visitó las cárceles ecuatorianas.

Volvió y a finales de los cincuenta, a orillas del Salado, construyó un restaurante con forma de buque al que bautizó como El Barco, pero la gente le decía El Barquito de Daniel Santos, ahí los fines de semana cantaba acompañado por las orquestas de la época.

Era asiduo de los restaurantes Costa y Flamingo, de la 9 de Octubre. De las cantinas: La Mamita, Mamá Hortensia y Sabú.

Se iba de bohemia en El Rincón de los Artistas. La rumba y las mujeres alegres estaban en el cabaret Alicia. Gustaba del cebiche de camarón del Flamingo, del pollo apanado del chifa Asia y las Pílsener bien heladas. Sus amigos del alma eran Julio Jaramillo, Pablo Vela Rendón, el negro Llamarada y medio Guayaquil creía serlo.

En sus últimos tiempos, a más de estar afectado por algunas enfermedades, el mal de Alzheimer empezó a confundirle la realidad. En el hospital lo amarraban a la cama porque cuando deliraba quería irse a cantar a un cabaret donde lo esperaban Mirta Silva, Bobby Capó, Pedro Flores, Panchito Riset y otros ya desaparecidos. Murió el 27 de noviembre de 1992.

Después de escribir estas aventuras, solo sé que están abriendo el Cabo Rojeño, desde el Malecón del Salado -a escasos metros del fantasmal Barquito del Inquieto Anacobero-, me veo en su barra, frente a una verde bien helada, pido Fichas Negras. Suena, bebo el primer trago en memoria de Daniel Santos y de la mía propia. ¿Cuál fue el farsante que dijo de esta agua no beberé?