Las mujeres de varias  décadas atrás fueron muy hábiles en los menesteres del hogar, pues desde niñas eran instruidas para aquellos trabajos y ser ‘señora de su casa’ como se llamaba con mucho respeto a las jefas de hogar de esa  época.
Ellas conocían perfectamente las labores manuales (costura, tejido y bordado), pero se lucían en el arte culinario.
 
Hacían de la preparación de alimentos una ceremonia, porque ponían dedicación a los aderezos y la presentación de los platos. Si no los preparaban, dirigían esa tarea. Para su labor  siempre recurrían a productos sanos y frescos, porque la compra se realizaba cada día.
 
La minuta diaria era variada. Para el almuerzo no faltaba la chanfaina o el picadillo de carne, el sudado de pescado o la lisa asada, arroz con garbanzos o moros de lenteja, mondonguito de borrego, pastelitos de yuca, niños envueltos, guineo lampreado relleno de queso criollo. A media tarde se servía champús de mote, chucula o arroz con leche.
 
Para la merienda no faltaba la sopita de fideos, menestra con carne asada y se concluía con una colada de plátano o de maicena. En todas las comidas era infalible como refresco la gran jarra de avena con naranjilla. Además de los platos diarios, se preparaban encurtidos para las ensaladas, ‘agrio de piña’ con la cáscara de la fruta, tiras de carne y pescado para ciertos platos, chichas de jora y arroz, rompope para festejar los ‘santos familiares’.
 
En ciertas festividades religiosas como las de Semana Santa se preparaba bacalao a la vizcaína, tortas de choclos y humitas; para el Día de Difuntos, la colada morada, etcétera. Actualmente, debido a que la tecnología obliga a marchar contra reloj el almuerzo se convirtió en ‘lunch’ y la merienda en ‘cafecito’. 
 
Recuerdos  de Teresa Alvarado de Drouet, coautora del libro Testimonial del humo, relatos y cuentos.