Los asentamientos informales, para unos, o invasiones, para otros, constituyen una forma de desarrollo poblacional de Guayaquil. La historia de la urbe está ligada a esta actividad. Hoy, estos se extienden sin pausa hacia el noroeste, desde la vía Perimetral hasta unos 30 km al interior. Los líderes son considerados salvadores por los beneficiarios y negociantes de la pobreza urbana por sus detractores.
Lo que hasta la década de 1980 se consideraban invasiones de tierras en Guayaquil, ahora son llamados asentamientos informales por parte de quienes viven de negociar terrenos marginales y de aquellos que los compran, concretando su deseo de tener un techo.
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El fenómeno, lejos de desaparecer, cobró fuerza en los últimos años. En sectores como las márgenes de la vía Perimetral, vía a Daule y en Durán, son el escenario en el que se observan centenares de pequeñas casas de caña, que no cuentan con los servicios básicos.
A esto se suma la pobreza que obliga a vivir con un dólar diario a estas familias. La inseguridad es otra preocupación de quienes han llegado de provincias como Manabí, Esmeraldas, Los Ríos y de otros cantones de Guayas. “Lo importante es decir que ya vivimos en la ciudad”, comentó uno de los migrantes.
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Aquí las relaciones con quienes son considerados dirigentes va del agradecimiento a la denuncia. Hay quienes resaltan su ayuda, pero también aquellos que aseguran haber sido perjudicados por estas personas que no reconocen ser invasoras, sino compradoras de tierras que luego las venden a quienes las necesitan.
Un ex propietario califica este procedimiento como un chantaje. “Nos dicen: o nos venden o los invado”.
Horizontes del Guerrero es el nombre de la colina habitada. Es una cooperativa de vivienda popular. A los costados se suceden otras de su tipo como Guerreros del Fortín, El Fortín, Fortín de la Flor, Paraíso de la Flor, Valle de la Flor. A lo lejos siguen: Tiwintza, Balerio Estacio, Las Camitas, Sergio Toral, Monte Sinaí, Paco Urrutia (de la Policía). Y muchas otras.
Por el occidente van tomando forma Trinidad de Dios, Voluntad de Dios, Promesa de Dios. Son terrenos agrícolas que dan paso a rústicos habitáculos. Estos comienzan a partir de cuatro pilares, paredes de caña o tabla y techos plásticos o de zinc.
“Este es el nuevo Guayaquil”, dice orgulloso Rómulo Vinces, quien dejó el cantón Balzar (Guayas) junto con su familia de cinco miembros, hace una década, y ahora se gana un promedio de $ 5 al día como vendedor informal de pescado.
Las referidas cooperativas son asentamientos de vivienda conocidos también como invasiones. Estas se extienden a partir de la vía Perimetral, en el noroeste de Guayaquil, desde las faldas de Cerro Blanco (por la Politécnica del Litoral), hasta más allá de la Penitenciaría, por el norte, y unos 30 kilómetros adentro, hacia el oeste.
Una parte de esta área es jurisdicción de la parroquia Tarqui, que también abarca ciudadelas de clase media y conjuntos residenciales privados. La otra va más allá del límite de desarrollo urbano y son predios rústicos.
La ocupación informal en esa parte comenzó en 1990, según el folleto Indicadores Urbanos Ciudad de Guayaquil, elaborado por la Municipalidad con apoyo de las Naciones Unidas.
Pero la historia de los asentamientos no es nueva para ese año, pues según historiadores y sociólogos, Guayaquil debe su crecimiento a las invasiones. Comenzó por 1950, cuando la gente ocupó áreas del estero Salado.
Se tumbaban los manglares, clavaban pilares en el fango y se daba forma a las viviendas, que luego fueron hechas con bloque y cemento. Así se formaron sectores hoy ya formalizados como la parroquia Febres Cordero. Las haciendas que rodeaban a la ciudad como Mapasingue, Prosperina, Atarazana, Guasmo y La Josefina, dieron paso a asentamientos.
“El significativo crecimiento del suelo urbano ocupado ha dependido principalmente de la vertiginosa ocupación residencial de tipo informal, como resultado de las invasiones”, refiere el informe Indicadores Urbanos.
Las causas para esa realidad son varias, según el documento y el sociólogo Gaitán Villavicencio. Parten del hecho de que la ciudad es el motor económico del país y pasa por la falta de programas de vivienda de interés social, la migración campesina, entre otras.
En la formación de estas cooperativas, invasiones o asentamientos populares surgieron líderes, cada uno con una característica.
A comienzos del ochenta se formaron los Guasmos, con la dirigencia de Carlos Castro y Paco Oñate. Pancho Jácome y Jaime Toral Zalamea actuaron en el suburbio. Castro abrió otro frente en Bastión Popular. Luego de su asesinato, en 1990, su hija Zinaida Castro siguió sus pasos. En la Trinitaria, Jorge y Andrés Quiñónez, Maritza Loor. Hay otros como Balerio Estacio, Sergio Toral, Marco Solís. “Todos formaron empresas informales de urbanización y estuvieron ligados a partidos políticos”, señala Villavicencio.
Una muestra de esta realidad constituyen ahora Zinaida Castro, Balerio Estacio y Maritza Loor, integrantes del Partido Social Cristiano (PSC).
Villavicencio dice que la mayoría de los dirigentes son “mercaderes de la pobreza urbana”. Sin embargo, los beneficiarios los consideran benefactores porque les permitieron tener casa.
Esa muestra de admiración es la de Balerio Estacio. Su nombre lo lleva una cooperativa de vivienda, una línea de buses, una escuela, centro de salud y otras instalaciones.
“Me han pedido que les autorice a poner mi nombre y no me puedo negar. Creo que los reconocimientos se deben hacer en vida”, afirma Estacio, quien además es pastor evangélico.
En ese nuevo Guayaquil, del noroeste, donde se estima reside el 25% de la población de la ciudad, la falta de servicios básicos es una realidad. El agua se comercializa en tanqueros, entre $ 0,70 y $ 1 el tanque. Hay energía eléctrica, pero la mitad posee instalaciones clandestinas. La seguridad se obtiene mediante autogestión. Algunos de los mismos residentes son guardias.
Existen escuelas de caña y también de cemento armado.
Fundaciones como Hogar de Cristo han apoyado el mejoramiento de casas y la dotación de servicio médico.
Pese a todo, los residentes se sienten felices. “Hay que luchar, tengo dos solares que son para mis hijos. Pagué $ 300 por los derechos y algún día levantaré la casita”, dice Jenny Barreto, oriunda de Olmedo (Manabí).
La procedencia de los residentes en su mayoría es manabita, riosense, esmeraldeña y de los cantones de Guayas, aunque hay de la Sierra y otros sectores del país.
Villavicencio explica que en estas zonas hasta el 80% de la gente es pobre. Son hogares que se alimentan con un dólar diario. No obstante, prefieren “cualquiera de los suburbios porque se vive mejor que en el campo, por mejor acceso a los servicios y decir vivo en la ciudad”.
Terrenitos
DIRIGENTES
Son cientos de dirigentes de invasiones que operaron y operan en Guayaquil, pero algunos alcanzaron notoriedad. Carlos Castro y Paco Oñate son dos de los primeros líderes. Ellos actuaron en los Guasmos. Castro promovió además Bastión Popular y Flor de Bastión. Este fue asesinado, presuntamente por orden de invasores rivales.
MALVINAS
Jaime Toral Zalamea, hoy abogado y directivo de una fundación, lideró los asentamientos en Las Malvinas, Esmeraldas Chiquito, Esmeraldas Libre, Santiaguito Roldós.
TRINITARIA
Jorge Quiñónez (asesinado) y Andrés Quiñónez promovieron la isla Trinitaria. Hoy sigue Maritza Loor. Sergio Toral, ex gerente de Electroguayas en el gobierno de Lucio Gutiérrez, creó la cooperativa que hoy lleva su nombre, al oeste de la Perimetral, así como Nueva Prosperina y Jeaneth Toral.
ESTACIO
Balerio Estacio, en sociedad con otros líderes, fundó Valle de la Flor y Flor de Bastión. Siguió con Guerreros del Fortín, Horizontes del Guerrero, Tiwintza de la Flor, Balerio Estacio, entre otras. Mientras Zinaida Castro dirigió Paraíso de la Flor, Fortín de la Flor y Colinas de la Florida.
PRECIOS
Una hectárea de terreno, casi 30 km adentro de la Perimetral, se cotiza a un promedio de $ 7.000. De una hectárea se obtienen 60 solares de 8x15 metros, luego de dejar las calles y espacios verdes. Solo al cobrar $ 200 por derecho de inscripción, un dirigente recupera $ 12.000.