Las lanchas lecheras
En la orilla norte de nuestra ciudad, a mediados de la década del cuarenta del siglo pasado, cerca de la calle Orellana, las lanchas que traían la carga de leche que se producía en las haciendas cercanas, después de surcar ríos y esteros afluentes del Guayas, obligatoriamente tenían que acoderar en el muelle de la Balsa Amarilla, que por medio de un largo puente de madera se conectaba con la explanada donde esperaban los camiones de plataforma para llevarla al laboratorio de tratamiento.
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La leche contenida en recipientes de metal venía muchas veces de la toldilla de las embarcaciones Providencia, Angélica, Violeta, Amalita, entre otras. El traslado de los tarros desde las lanchas a los camiones se hacía en los hombros de los cargadores. En esa época el malecón de cemento a duras penas llegaba al muelle del Ferrocarril, a la altura de la calle Bolívar.
Luego de la descarga, los camiones llevaban los tarros a la planta ‘estanizadora’ de calles Chile y Chiriboga, ubicada diagonal a la Vieja Casona Universitaria. Al día siguiente la leche salía a la venta en botellas contenidas en jabas metálicas.
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Recuerdo que por el muelle de la Balsa Amarilla saltaron el cuerpo inanimado del maestro Víctor Hugo Briones Urquiza, docente de mi escuela Antonio José Sucre, localizada en Rocafuerte y Tomás Martínez. El maestro Briones murió cuando dos lanchas chocaran una noche en el río Guayas y muchos pasajeros se ahogaron.
Recuerdos de Alberto Muñoz Morán, guayaquileño jubilado.