Le pudo pasar a cualquiera, pero eso no es consuelo para las familias y amigos de Carlos Andrade (32) y Guime Córdova (30), víctimas inocentes que murieron abaleadas por la espalda en el operativo de la farmacia Fybeca, el pasado 19 de noviembre. Guime Córdova es el mensajero que trabajaba en la última hora de su turno. Se había lanzado al suelo, según un testigo, cuando recibió cuatro disparos, incluyendo uno en la nuca. Andrade es el cliente que fue a comprar pañales. Según un testigo, intentó sacar el arma que pensó lo iba a salvar, su credencial de evangélico, cuando le dispararon 8 veces, según el forense. Aún se investigan las circunstancias.
Guime Córdova, el mensajero
Guime Córdova con su suegra, Beatriz Soriano de Briones (i), su esposa Dolores Briones y su madre Apolinaria Encalada de Córdova, durante el bautizo de su hijo en marzo del 2002.
Para sus hermanas, Guime (lo pronuncian Jimmy) Córdova era Patagarra, garrapata al revés.
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Lo llamaban así desde que fue abanderado del sexto grado de la escuela fiscal de La Tingue, en Loja.
Era el más chiquito de la clase. Durante toda la ceremonia de jura de la bandera Córdova se agarró “como garrapata al mástil”, dijo su hermana Irene Córdova.
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Era el cuarto de siete hermanos de una familia de campesinos. Todos ayudaban a cosechar maíz, pero Guime siempre fue el más responsable. Como su padre viajaba a Guayaquil constantemente a trabajar de jornalero, a los 12 años tuvo que asumir el papel del hombre de la casa. Tanto que su hermana Claudia Córdova, diez años menor que él, comenzó a llamarle “papi ñaño”.
El padre de Guime Córdova solía beberse el sueldo. Cuando el dinero que llegaba de Guayaquil fue escaseando, la madre de Córdova decidió viajar a buscarlo. Pero pasó un mes y ella no volvía. No tenían teléfono y Guime se desesperaba por saber de su mamá. Entonces, conociendo que sus padres estaban con unos tíos que vivían frente al hospital Guayaquil, se embarcó en un bus de la cooperativa Loja y vino a buscarlos.
Al llegar a Durán, el carro se dañó. Demasiado ansioso para esperar, Guime preguntó a qué distancia estaba Guayaquil. Le dijeron que quedaba pasando el puente. Él se bajó de la unidad y empezó a caminar. Pero Córdova se imaginó un puente como los del cantón Paltas, los únicos que había visto, no el puente de la Unidad Nacional. Sin embargo, lo cruzó y siguió preguntando hasta que llegó a tocar una puerta que abrió su madre. Al ver al pequeño Guime, flaquito y agotado, la mamá se puso a llorar y lo abrazó. A la semana, la llevó de vuelta a Loja.
Para sus los mensajeros de la farmacia Fybeca (Los Ceibos), Córdova era Aquicito. Aunque había llegado a Guayaquil a buscar trabajo a los 16 años, junto con su familia, todavía le quedaban algunos modismos serranos. Cuando le preguntaban adónde tenía que ir a entregar medicinas, respondía “aquicito no más, mi pana”. Córdova llamaba a todos “mi pana” y “panita”, dice el mensajero Julio Velásquez.
Le gustaba trabajar de mensajero, el sueldo (250 dólares con propinas) le permitió adquirir una casa de caña en el Paraíso de la Flor. Cada mes y medio le tocaba el turno de la noche en la Alborada. Era duro, pero no se quejaba.
Para su esposa, Dolores Briones, de 30 años, Guime era Cordovín. Se conocieron hace cuatro años, cuando él era mensajero de la Botica Inglesa de la avenida principal de Los Ceibos. A dos casas de distancia, trabajaba como empleada Dolores Briones.
Cuando alguien necesitaba medicinas ella llamaba enseguida a la botica. “Me lo mandan a Guime”, les decía a las cajeras, cómplices del romance. Pero Córdova se le tuvo que declarar tres veces, en persona y por carta, y llevarla a misa a Nobol para que ella lo aceptara.
Cuando se casaron, Briones tenía tres meses de embarazo y dejó de trabajar. Tenían poco, pero estaban contentos. Ella le preguntaba si la quería, él respondía: “¿Cómo no voy a querer a mi Barbie negra?”.
Para Guime Xavier Córdova Briones, de 2 años dos meses, Guime era Apapa. Al atardecer del martes 18 de noviembre, Dolores Briones mecía en la hamaca a su bebé, esperando que su esposo se despertara. Córdova había llegado a las 11h00, pues luego de trabajar toda la noche tuvo que pasar por la Fybeca de Rosendo Avilés y Bogotá para probarse un uniforme.
“Vamos a ver si se despertó Cordovín”, le dijo Dolores Briones al bebé. Los dos corrieron y se le lanzaron encima. Ella le había preparado patacones y chocolate con leche.
Mientras comía, Guime Córdova le contó que le tocaba trabajar la noche del 31 de diciembre. “Navidad pasamos juntos, para Año Nuevo nos separamos”, le dijo.
Guime Córdova se vistió y sacó la moto. Su turno empezaba a las 22h00. Al despedirse, Briones tomó una imagen del Divino Niño y persignó con ella a su esposo. El bebé se la quitó e hizo lo mismo, solo que en lugar de decir “en el nombre del Padre...”, el niño repitió: “Apapa, Apapa, Apapa, Apapa”. Córdova les dio besos y se fue.