Mayo de 1978. El sol alumbraba todo frente a las costas argentinas. Mucha luz por doquier. De pronto súbitamente el tiempo se hizo oscuro.

“Se formó el caos. Eran como las dos de la tarde y yo pensé: la oscuridad parece una eternidad. Desapareció el sol y el temporal nos cogió de lleno. El buque era un juguete”. Son las palabras de un marinero. Marcelo Jiménez, suboficial primero de la Armada del Ecuador y el tripulante más antiguo del Buque Escuela Guayas. Un hombre de rostro amable, pero que desprende una sabiduría antigua, de quien ha sentido y visto el miedo de los hombres.

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Tiene la piel morena, tan propia de nuestra raza mezclada. Bigote grueso y la energía que seguramente viene de sus 28 años en el mar.

Los ruidos de los autos llegaban débiles al muelle del Yacht Club Naval en el Malecón 2000. Era la mañana del miércoles 10 de septiembre. El buque Escuela Guayas se movía lento. Sobre la ciudad, un cielo gris con pequeños toques de celeste llenándose de sol mezquinamente, el clima frío, natural en el verano guayaquileño, que con el viento se enfriaba más. Todo cubierto por nubes, nada de pájaros. Solo unas pocas personas despedían con sus gestos al velero que se iba hacia Posorja. Una singladura. ¿Qué cosa podría ser eso? Era la pregunta que los civiles se repetían sobre la cubierta.

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Zarpó a las 07h10. El himno del barco sonaba en los parlantes mientras sus tripulantes parados en posición de firmes, entonaban la canción que es un sello de identidad profunda para cualquiera que tenga la dicha de navegar en este velero símbolo de la Armada.

El miedo es algo imposible de contar, el hombre intenta una aproximación que casi siempre queda debiendo. Marcelo Jiménez lo sabe bien. La imagen de un velero metido en medio de un temporal da para una película. “Se rompieron 21 de las 23 velas que tiene el buque, el mar era como una gelatina y las olas imposible de saber a qué altura llegaban, tal vez ocho metros”. Los pensamientos más extraños se instalan en la cabeza de los hombres, la muerte es una posibilidad mucho más cercana. Uno se acuerda de todos los dioses posibles y es fácil decir: “Si salgo de esta nunca más vuelvo a navegar”.

Pero ya ven, los hombres somos necios. El buque Escuela Guayas navega por última vez antes de someterse en los muelles de la Armada a un mantenimiento general. Estará parado ocho meses aproximadamente.

Se vienen las maniobras de viraje, algunos marinos están trepados en las amarras. El viento choca fuerte en el rostro y el río parece apacible, pero como todo, tiene sus trucos. Dos remolcadores, el Iliniza del lado derecho y el Altar en la parte izquierda, conducen al velero hasta la posición del canal donde la navegación se puede realizar sin sobresaltos, pero con más riesgos que en alta mar. La zona está llena de bajos, tiene que haber comunicación permanente con las embarcaciones que se acercan, los vigías en proa (adelante) y popa (atrás) se vuelven imprescindibles.

A las 07h20 sueltan el buque y se colocan a los costados. En el puente de mando –que se encuentra en la parte central de la nave– hay mucha actividad, aparte de los comandantes están dos vigías colocados a babor (izquierda) y estribor (derecha), el encargado del gobierno (timón), controladores de las cartas de navegación, GPS, que hace un cálculo de navegación cada tres segundos y algunos invitados.

La vida en el BAE Guayas
Desayuno a las 07h30. Los oficiales y los invitados en la cámara dispuesta especialmente para ellos y el resto de los tripulantes en el comedor. Oración. Formación. Izada de pabellón. Parte de novedades. Asignación de tareas. Marinar. Rancho a las 11h30. Más formación. Cambiar hiladas.

Todo el tiempo suenan el generador y la hélice, el ruido nunca se va. No es fácil acostumbrarse a ese sonido monótono. La cosa es diferente cuando se navega con velas.

Siempre hay trabajo en el velero. Para los hombres que lo cuidan es más que una casa. Es el hogar que habita el alma. La tierra que se lleva a todas partes. También es tristeza infinita cuando se está lejos, pero identidad profunda con la patria, y alegría desmedida cuando se arriba a puertos distantes, se mira el rostro de algún ecuatoriano y ya nadie se siente extraño. Entonces empieza la fiesta de la amistad por tierras desconocidas.

Incluso cuando el buque está anclado en base la vida sigue. Hay personal de guardia y otros asignados a distintas tareas. Es como un trabajo de oficina en cualquier parte, con horarios y comidas incluidos.

Singladura
Es la distancia recorrida por una embarcación en 24 horas, que ordinariamente empiezan a contarse desde las 12h00.

El buque pertenece al comando de operaciones navales. Su misión es proporcionar preparación al personal naval, instrucción y entrenamiento en el mar y difundir la imagen del país en los puertos que visita luego de algún crucero.

La tradición de la navegación celeste se conserva todavía en el buque, y consiste en observar las estrellas diariamente para trazar las rutas que permitan navegar sin necesidad del GPS, ni cartas electrónicas.

De todo, lo fundamental es la navegación a vela sin usar las máquinas. Todos sus tripulantes se adiestran en esto. Es el sello primordial.

Algo de historia
Marcelo Jiménez recuerda que 35 marinos viajaron por avión a España. Era septiembre de 1976. Todos ellos fueron a especializarse en el manejo de las velas en la base naval de Lagraña. Luego de seis meses se trasladaron a Bilbao, pero el buque aún no estaba listo. Los 35 ayudaron a terminarlo.

Zarparon desde las islas Canarias y arribaron a Panamá, luego de 33 días, en octubre del 77. Esa fue la primera navegación más larga en la historia de la marina ecuatoriana. Todos los ocupantes recibieron preparación psicológica para soportar el trayecto.

El capitán de navío, Aníbal Carrillo Páez, fue el primer comandante del buque. Ocupó el mando del 76 al 79, lo trajo desde España y escribió lo que todos en la Armada consideran la biblia del BAE Guayas, que ahora después de 25 años descansará por unos meses y luego volverá invicto.