Carlomagno, quien instauró la escuela, nunca supo escribir, aunque hablaba latín tan bien como su idioma materno, el tudesco, mientras que Napoleón era muy bueno en matemáticas, pero tenía malo en ortografía.

Estos son algunos rasgos que respetados historiadores relatan en la última edición de la revista Historia, con su valoración de lo que grandes figuras fueron como alumnos, en un intento, quizás, de tranquilizar a los padres al comienzo del nuevo año escolar.

Carlomagno, “aplicado, pero pocos resultados”, dicen del emperador. No fue por no intentarlo: colocaba “bajo su almohada” hojas de pergamino para “hacer prácticas de letras” aprovechando sus intentos de ocio, pero era “demasiado tarde y el resultado fue mediocre”, relataría su hombre de confianza y biógrafo, Eginhard, en 826.

Napoleón no veía la utilidad del latín, una lengua muerta, cuando ingresó en una escuela en Francia, y su mayor deseo era aprender correctamente el francés para no ser ya objeto de burlas, pero no lo consiguió.