Ellas, al igual que los cerca de 1.200 peregrinos que viven en las urbanizaciones del norte, usaron para la ocasión blue jean, blusas, gorras, sandalias o zapatos de caucho.

Muchos se protegieron bajo un paraguas y otros compraron botellas de agua para calmar el calor durante las 3 horas y 40 minutos que duró la caminata.

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Pero Ayala y Vera no solo coincidieron en asistir a ese encuentro religioso. Juntas sostuvieron por un momento la plataforma en la que se trasladaba la imagen del Cristo de La Alborada.

A casi cinco kilómetros del lugar, más de 800 feligreses que asisten a la iglesia de Czestochowa, en Sauces 2, siguieron la procesión que organizó esa parroquia.

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Dora Mariscal, de 70 años, acude desde los 12 a las peregrinaciones. En ocasiones fue a la del Cristo del Consuelo, ahora va a la de Czestochowa. Desde hace un año supo que sufre de cáncer a los huesos, pero eso no la deprime.

“Tengo a Dios en mi vida y Él me mantiene en pie, me resta agradecerle porque los dolores desaparecen”.

Agrupaciones juveniles católicas que asistieron a esta caminata, que dirigió el diácono Alberto Morales y culminó a las 11h45, ofrecían vasos con agua a quienes lo deseaban. Mientras, el padre Luis Fernando Intriago confesaba a los creyentes.

El minusválido Gerardo Astudillo, de 53 años, preparó su triciclo para la peregrinación a partir de las siete de la mañana, tal y como lo hace desde 1999. Luego del recorrido regresó al supermercado Santa Isabel, donde trabaja de vendedor de caramelos.

El padre Daniel Magallanes dirigió la procesión del Cristo de La Alborada. Narcisa Castro, de 44 años, escuchó de rodillas su intervención en trece de las catorce estaciones que integran el Vía Crucis. “Es muestra de que debo corregir mis errores”, dijo.