Las más recientes excavaciones arqueológicas en Ciudad de México apuntan a que los aztecas no fueron un pueblo cohesionado y uniforme, sino más bien una suma de grupos diversos que supieron someter a sus enemigos sin exterminar sus lenguas y tradiciones.
"El problema es que todo lo prehispánico que aparece en la Ciudad de México decimos que es azteca. Pero ese término no debería usarse", dijo María Flores Hernández, arqueóloga encargada de las más recientes excavaciones en Tacubaya, al oeste de la capital mexicana.
Los aztecas, llamados también tenochas y mexicas, eran originarios del legendario lugar de Aztlán, un espacio impreciso, entre real y mítico, del que emigraron hasta el Valle de México que fundaron en 1325.
Con el tiempo, aquel pueblo conquistador pobló el Valle de México, dominó y asimiló al resto de sus pobladores pero sin erradicar totalmente sus señas de identidad y cultura.
A mediados de este mes Flores desenterró los restos de una tumba tepaneca en un enclave donde se realizan las obras públicas del distribuidor vial San Antonio, en la zona occidental de la ciudad.
Desde que comenzaron los trabajos son ya cuatro los entierros y concentraciones cerámicas encontrados, que datan de fines del siglo XV y principios del XVI.
"Los tepanecas han sido un grupo muy notable en la historia de México, porque ostentaron el control de la región, de la cuenca de México, hasta que los mexicas-tenochtlas, aliados con Texcoco y Tlacopan, los derrotaron", explica la investigadora.
En aquel entonces este pueblo residía en un arco amplio de poblaciones que se repartía por los barrios de Azcapotzalco, Tlacopan, Tacubaya, Mixcoac y Coyoacán.
"A partir de esa victoria los mexicas pasan a la Historia, controlan la región y su dominio se extiende hacia el sur, en Chiapas, y hacia el norte, hasta Jalisco", añade Flores.
Recuerda cómo posteriormente Hernán Cortés y sus aliados de Tlaxcala y Texcoco ayudaron a derrotar a los mexicas, que desde el comienzo de su expansión en 1430 se constituyeron en el poder más firme del territorio mesoamericano.
"El término azteca no me gusta...Es obvio que todos estaban emparentados. Es el fenómeno mesoamericano. Los ritos, la lengua en muchos casos son iguales pero cada pueblo se define y se reconoce a sí mismo de forma diferente", explica la arqueóloga.
La capital mexicana, construida en el período colonial sobre los restos de edificaciones prehispánicas que habían destruido los conquistadores españoles, sigue ofreciendo restos arqueológicos cada vez que se emprende una obra pública.
En la calle Donceles, cerca del Templo Mayor, otro equipo arqueológico ha hallado restos que refuerzan la tesis de que el centro ceremonial de los mexicas, que tenía 78 templos, era más abigarrado de lo que se creía, sin grandes espacios abiertos, como se pensaba hasta ahora.
A pesar de que afloran nuevos restos Flores lamenta que los recursos para su trabajo sean cada vez menores, lo que impide el desarrollo de la arqueología autóctona.
"Todo el mundo sabe que casi todo el país es zona arqueológica", recuerda la investigadora, quien no entiende cómo en el desarrollo moderno de la ciudad no se miró más al pasado.
Entre los problemas que el aumento de población generó destaca la falta de protección de recursos como el agua, que los pueblos prehispánicos controlaban mediante diques y canalizaciones, o los espacios verdes protegidos dentro de la ciudad, que los políticos reparten entre sus amigos sin respetar las leyes que los regulan.
Todo ello deriva de "una lucha de poder terrible" y como consecuencia de ella a los ciudadanos se les está abandonando, y la memoria y riqueza del pasado se está perdiendo, añade Flores.
Tras 23 años trabajando en distintas zonas de la capital, Flores considera que la única posibilidad de supervivencia que tiene la ciudad es frenar su eclosión demográfica mediante la creación de oportunidades de trabajo en el campo y mejorar la seguridad.
"Quizás debiéramos proteger más el medio ambiente y así intentar adueñarnos más de nuestro pasado", concluyó.