A los tres meses de ser electa las defendió sin desmayar, con ese espíritu de coraje y solidaridad, heredado de su tía Julieta. “El temple le viene de mis hermanas, he estado con el Jesús en la boca”, expresa Edilma, su madre.
Al principio llevó la vida convencional de una muchacha de origen humilde, la séptima de diez hermanos, reina de su barriada y virreina del colegio, gustosa del vallenato y la música romántica.
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Para sus compañeras, Vanessa era la responsable del grupo, siempre pendiente de las tareas.
Causó admiración cuando la estudiante, tranquila y aplicada irrumpió con su posición a favor de los derechos juveniles. Conocía a los profesores denunciados, no se habían portado mal con ella, pero las chicas afectadas le contaron su dolor y su temor, y ella no podía callar.
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Eva Aguilar, la trabajadora social del colegio de señoritas Machala, advierte que esa misma serenidad le permitió enfrentar con aplomo las vicisitudes por asumir la defensa de sus compañeras acosadas. “Se marcó un referente a nivel nacional e internacional, porque no se ha conocido de dirigentas que lucharan en forma frontal, en casos como estos, con toda la oposición que tuvo”, recalca.
En lo académico fue Abanderada del Pabellón Nacional, y la mejor bachiller, condecorada por la Municipalidad de Machala.
Entre estudios, gestiones incansables, malas noches y gastritis, consiguió, con el apoyo de instituciones y de la comunidad, las primeras sanciones a dos de los maestros acusados, que fueron destituidos de sus cargos.
Ahora reflexiona: “sentí en el fondo alegría mezclada con tristeza, porque todo esto les cambió la vida a las chicas, y ahora me pregunto, por qué aquellos profesores se portaron así con mis compañeras”.
A sus 20 años, Vanessa, la taurina, hace planes: estudiará Electrónica y Comunicaciones en la Politécnica de Quito. Allá, no sabe si el rigor académico se lo permitirá, pero no descarta volver a la dirigencia estudiantil. (PR)