Joseph Morder volvió a Guayaquil al cabo de 40 años. Esto podría ser intrascendente si, con él, no viniera también su excelente película Memorias de un judío tropical, en que Guayaquil es el centro de sus recuerdos, de sus visiones, de sus nostalgias.

¿Por qué Guayaquil?
Porque viví en esta ciudad mi infancia: desde los 3 hasta los 12 años y medio. Eso me marcó profundamente.

¿Cómo llegó al Ecuador?
Mis padres eran judíos, de origen polaco. Mi padre vino a Latinoamérica antes de la Segunda Guerra Mundial y estuvo, creo, en Argentina. Luego fue a Centroamérica y posteriormente a Venezuela, donde se casó con mi madre. Querían quedarse allá pero en eso llegó la dictadura de Pérez Jiménez y tuvieron que salir por problemas de papeles o algo así. Entonces fueron a Trinidad y Tobago, donde nací yo y luego mi hermana. Posteriormente vinimos al Ecuador.

¿Por obra del azar?
No sé. En Guayaquil vivía Rosa, quien fue compañera de mi madre en el campo de concentración donde ambas estuvieron. Mi padre y mi madre eran de la misma familia y, aunque mi padre era mayor que ella con 17 años, se reencontraron en Caracas. Bueno, Rosa le contó a mi madre que en Guayaquil había encontrado a un hermano de mi padre. Con todo eso, vinimos. Llegamos en noviembre de 1952.

¿Cuál es su primer recuerdo de Guayaquil?
Mis primeras visiones giran alrededor de mi hermana, que murió cuando cumplió 2 años y medio. Los primeros recuerdos son de ella, en el departamento del edificio Pinta, donde vivíamos. Se llamaba Pinta porque era de color rosado. Estaba en la esquina de P. Icaza y Escobedo. Yo sentía que alguien iba a venir por mi hermana para llevársela para siempre. Era algo así como una intuición.

¿Y los recuerdos del mundo de afuera?
Los paseos por el malecón. O cuando íbamos al cine 9 de Octubre. O al café Costa, en la avenida Nueve de Octubre, donde se reunía la comunidad judía.

¿Era una comunidad grande?
Creo que estaba integrada por unas mil personas.

¿Había una sinagoga?
Aunque mis padres no eran muy religiosos, íbamos a la sinagoga dos veces por año.

¿A qué se dedicaba su padre?
Era sastre. Tenía un almacén cerca del cine Olmedo que, a su vez, también era teatro. Mi padre vendía telas; después también colchones y los primeros radios de transistores.

Yo le acompañaba al barrio Las Peñas para que vendiera las radios, y esa era una ocasión para probar la comida costeña, porque cuando estábamos en casa mi madre solo hacía comida polaca.

¿Dónde estudiaba?
En una escuela que estaba cerca de mi casa y a la que iba a pie. No recuerdo su nombre. Después fui al colegio Americano.

¿El ser judío en un medio tradicionalmente católico le causó problemas?
No. Aunque me parecía paradójico que me dijeran que yo era el culpable de la muerte de Cristo, cosa que ocurrió una o dos veces, nada más. Pero nunca sentí discriminación. Tuve amigos de todos los estratos.

¿Recuerda el nombre de algún compañero?
Uno se llamaba Rafael Jurado. Era muy buen alumno, y yo pensaba que llegaría a ser presidente de la República. Ahora vive en Estados Unidos. Mi mejor amigo se llamaba Klovis Dangoor,   de origen judío. Vive en España.

¿Y las niñas?
Tania Suster, de quien no volví a tener noticias hasta que ahora, al salir de París, me enteré que había muerto hace 20 años, con cáncer. Hace diez años hice una película, Carlota, inspirada en ella. Con Tania viví una historia de amor, un amor de niños. Éramos casi una pareja, aunque peleábamos mucho. Cuando hice la película no sabía que ella ya había muerto.

 Usted habla del cine 9 de Octubre. ¿En Guayaquil descubrió la magia del cine?
Claro. Iba mucho al cine, que estaba al lado de mi casa. El dueño me dejaba entrar, aunque yo tenía solo 4 o 5 años. En esa época era muy raro que un niño fuera solo al cine, eso no era muy bien visto. Las funciones eran dobles y yo veía desde los dibujos animados hasta las cintas eróticas de la época.

¿Y los domingos?
A la vermouth. Después, al café Costa. Un día me regalaron allí unos cómics nuevos.

Según se ve en su película, los cómics también marcaron su infancia...

Claro. Superman, Tarzán, La Pequeña Lulú.

Cuando regresé a Francia llevé mi fantástica colección de cómics; cierta vez fui a una colonia vacacional dirigida por comunistas y allí me los quemaron todos bajo el argumento de que eran un producto imperialista.

¿Siempre tuvo obsesión por conservar cosas?
Tengo fotos de mi infancia, pero ninguna filmación. Sin embargo, conservo grabaciones de voz. Mis padres compraron uno de los primeros magnetófonos de cinta y mi madre grababa pequeñas escenas de la vida cotidiana, entre las cuales está mi canto del himno nacional: ¡Salve, oh Patria, mil veces ¡oh Patria!

¿Usted era un niño extrovertido?
No. Era muy tímido. Dejaba volar mi imaginación a través de las novelas que escribía. Llegaba del colegio, me echaba en el suelo y escribía y dibujaba en los cuadernos. Todo eso lo conservo.

Tengo un proyecto de llevar al cine esas historias y me gustaría hacerlo en Guayaquil.

¿Y la radio?
Escuchaba radionovelas, que también me inspiraban para escribir. Después, interpretaba yo solo los personajes y hacía las voces de cada uno. Obviamente, incluía las publicidades, que eran generalmente de jabón Camay. Quien me escuchaba era mi hermano, que nació cuatro meses después de que murió mi hermana.

 Pero entre radionovela y radionovela, ¿usted recibía clases de piano?
Mi profesora era una judía alemana que me aterrorizaba. Me decía: “Tú, con esos dedos pequeños, no puedes”. Por su causa no volví a tocar piano durante muchos años. En cambio, quería hacer danza.

¿Aprendió danza?
Estuve en la academia del profesor Guillermo Rodríguez. Él quería llevarme de gira a Nueva York, pero mi madre no me dejó. Tal vez si iba, mi vida hubiera tomado otro giro.

Salió de Guayaquil a los 13 años. ¿Adónde fue entonces?
A París. Mi madre supo que su padre había sobrevivido a la guerra por milagro y vivía en Francia. Lo fuimos a ver, porque, además, mi madre quería separarse de mi padre.

¿Terminó la secundaria en Francia?
Sí. Luego estudié español y fui profesor de español un año. Pero desde niño lo que más me interesó fue el cine.

¿Nunca quiso hacer otra cosa?
Bueno también me gustaba la actuación. Una vez estaba con mi madre viendo una película de guerra en la que Errol Flynn conducía un avión. Yo le pregunté a mi madre si para ser actor había que saber conducir un avión. Ella me dijo que sí. Entonces negué la posibilidad de ser actor y escogí ser director.

¿Cómo recreó Guayaquil desde París?
Yo había escrito unos años antes una especie de libro, un texto de 300 páginas en pequeños capítulos contados en tercera persona; eran historietas inspiradas en recuerdos de infancia. En 1984 me surgió el título   Memoria de un judío tropical  y me puse a contar la historia. La rodé durante el verano.

 ¿Qué espera de su reencuentro con Guayaquil?
Estoy abierto a todo. No quiero hacerme ilusiones. Voy a tomarlo muy tranquilamente, aunque tal vez estalle, me ponga a llorar, no sé. Creo que estoy psicológicamente preparado, pero uno nunca sabe. Ya veré. Espero reconocer el malecón, el monumento a Bolívar y San Martín, la plaza del Centenario. Pero, sobre todo, espero ir a la tumba de mi padre y de mi hermana, y a la casa donde viví.

 ¿Su padre murió en Guayaquil?
Sí. Mi padre fue a París cuatro años después de que llegamos con mi madre. Se quedó seis meses, regresó a Guayaquil y dos meses más tarde murió. Su tumba está aquí y tengo que encontrarla.

A propósito de encuentros, ¿después del primer amor con esa niña, encontró uno nuevo? ¿Se casó?
Nunca me casé, no sé por qué. Me casé con el cine y tal vez con mi infancia.

¿Una infancia en que también tuvo una importancia gravitante la empleada doméstica?
Ella era para mí la conexión con el Ecuador. En la casa mis padres hablaban idish, que es el idioma de los judíos de Europa del este. Yo vivía entre la cultura judía. La persona que trabajaba en mi casa era mi confidente, todo lo que me prohibían mis padres ella me lo permitía.

Primero la empleada fue Hortensia y después María. Hortensia era muy guapa, joven, quisiera saber dónde está. Ahora debe tener unos 60 años.

¿Y el mar? ¿Quisiera reecontrarse con el mar?
Tenía mucho miedo al mar. No quería entrar, gritaba, aullaba. Sin embargo, quisiera volver a Playas. O a Salinas. Y quisiera volver a ver los ceibos, cuyas formas siempre me impresionaron. Creí que eran árboles muertos, porque siempre estaban secos...