“Una de las emociones más grandes para mí fue poner los dedos en las teclitas de mi primer saxo”, cuenta Luis Silva Parra, más conocido como Lucho Silva, el primer saxofonista ecuatoriano de jazz.
Hablar de él es rememorar una trayectoria musical de 70 años. Por ello tendrá una merecida celebración hoy, a las 19:00, en el Centro Ecuatoriano Norteamericano.
Además de los aproximadamente 500 conciertos y presentaciones musicales, algunos junto a artistas como Leo Marini, Lucho Gatica, Daniel Santos, Pedro Otiniano, Julio Jaramillo, Carlos Rubira Infante, Héctor Jaramillo y muchos más, Lucho imparte desde hace 20 años clases maestras de saxo en la academia de música Preludio, ubicada en Kennedy norte, además de flauta traversa y clarinete.
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La escuela fue fundada hace 23 años por su hijo Luis el Pollo Silva Guillén, quien estudió en el conservatorio Tchaikovsky de Moscú. En este lugar, comentan, han visto nacer artísticamente, a lo largo de estos años, a niños, jóvenes y adultos. “Nos complementamos cuando el alumno tiene cierto nivel técnico, se lo paso a mi papá para que le enseñe los trucos”, dice el Pollo.
Pese a la satisfacción que actualmente Lucho siente al ver que jóvenes talentos crecen de su mano en el mundo de la música, el artista confiesa que al principio no se sintió tan atraído por la enseñanza. “No era egoísmo, sino que me parecía tedioso, aburrido. Cuando mi hijo me dijo si quería ser profesor, acepté con un ‘bueno’”, cuenta.
La sensación luego de su primera clase, al oír los resultados de sus alumnos, que seguían cuidadosamente sus indicaciones, lo llenó de entusiasmo, asegura. “Mi primer alumno fue un niño llamado Jaime Macías, que tenía 9 años, y no quería saxo chiquito sino grande, lo ayudábamos cargándole el saxo y tocaba como un profesional”, relata orgulloso.
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Lucho comenta que ahora hasta se pasa de la hora de clases cuando no tiene que hacer nada después. “Yo les pregunto: ‘¿Tienes tiempo para darte un poquito más de clases?’. Cuando ellos rinden se siente una satisfacción enorme, ahora me encanta ser profesor”.
Sus alumnos, hombres y mujeres de todas las edades que comparten el amor al saxofón se convierten en sus amigos entrañables, afirma el maestro.
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Lucho, un galante y caballero innato, conserva su marcado sentido del humor. Varios collares de materiales diversos, que son obsequios de familiares y amigos, el pequeño saxofón dibujado en la uña del pulgar derecho y la clave de sol en el izquierdo le conceden un aspecto fresco y jovial a su lento caminar. Mas la melodía que emerge, a cargo de su saxofón, envuelve todo y proclama su deleite.
Asegura que nació para tocar el saxofón. “Créame que abro el estuche y me parece que es un personaje vivo”, dice. Agrega entre risas que alguna vez consultó con un psiquiatra amigo suyo sobre su preocupación al sentir que su saxo cobraba vida cuando lo tocaba.
En todos estos años, asegura, ha tenido tan solo cuatro de estos instrumentos a los que dice “amar tanto”. Recuerda como un momento maravilloso cuando a los 13 años su padre, el violinista y director de orquesta Fermín Silva de La Torre, observó su atracción por el saxofón. Relata que su temor creció cuando con violín en mano su padre le preguntó qué instrumento quería tocar. “En ese tiempo los papás eran enérgicos y cometían el error de querer que los hijos tocaran lo mismo que ellos. Yo pensé que iba a ofender a mi papá si le decía el saxo”, recuerda.
“Encontró mis dibujos en los que había hombres tocando saxo, bien dibujados, se había dado cuenta de que en toda la casa había pequeños saxos que yo tallaba en palo de balsa”. Su respuesta fue un silencio sepulcral que solo cambió a sorpresa cuando su padre le dijo: ‘Creo que el instrumento tuyo será el saxofón’, y luego de eso echó a reír a carcajadas.
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Aquella experiencia en la que su papá dejó claro que él estaba hecho para tocar el saxofón y que no cometería el mismo error de muchos padres, dejó una grata lección que a su vez trascendió en sus cuatro hijos, quienes por elección propia se relacionaron con la música.
“Ahora ya no hay mucha presión por parte de los padres y los niños se entusiasman por aprender, vienen, ven todas las aulas, los instrumentos y eligen lo que más les llama la atención”. Agrega que un chico que tiene buen oído musical tiene muchas posibilidades de convertirse en un gran saxofonista. Su hijo lo complementa diciendo que dentro del programa de aprendizaje variado, que ellos manejan, pueden ver su avance.
Dicen de él Con mi papá nos complementamos. Él enseña a los alumnos los trucos que conoce, él va un poco más directo a lo que ellos quieren”.Luis Silva Hijo, y director de academia Preludio














