La carrera de coches de madera, un festival de adrenalina y cultura popular que cumplió 45 años en la agenda de Fiestas de Quito

5 de Diciembre, 2018 - 00h08
5 Dic 2018 - 00:08
Quito -

Detrás de la línea de partida, a pocos minutos del arranque, decenas de pilotos -los más altos apenas si llegan al metro y medio de estatura- calientan y se concentran. Como si fueran a dar la prueba final de matemáticas en la escuela, en su rostro se dibujan pocas sonrisas. Más es la tensión.

Sus padres los llenan de besos y bendiciones; también de consejos: con curvarás, no frenarás, no regresarás a ver, no te caerás, no te estarás riendo, limpiaraste los mocos...

La tradicional carrera de coches de madera en Quito es un asunto que -en la medida de las posibilidades de los competidores- se lo toma en serio.

En el calentamiento, los participantes se acomodan una y otra vez los cascos de moto, de ciclismo o de patines que pudieron conseguir, así como las rodilleras de arquero de fútbol. Unos pocos, además, van reforzados con canilleras o vendas. Incluso con protectores que más parecen de juguete, sacados de algún olvidado muñeco de la Navidad pasada. A los más chiquitos, los guantes les cuelgan.

La lógica de la competencia es simple. Hay dos eliminatorias y los mejores tiempos van a la final. La carrera en este año se realizó en la calle Río de Janeiro, en San Juan, y en la avenida Fray Barlomé de Las Casas, en el barrio del mismo nombre. Su ubicación es perfecta para los organizadores, entre los que están los fundadores del certamen y el Municipio de Quito, pues ambos sitios cuentan con bajadas que incluso llegan a superar los dos kilómetros de largo.

Los coches y supervisados son pesados por el gremio de mecánicos de Pichincha. Hay todo tipo de modelos; desde los más aerodinámicos hasta los más básicos, que parecen salidos de los dibujos animados de los Picapiedra. Son de madera y las ruedas son recubiertas por un caucho de llanta. El volante en algunos casos es redondo; en otros, es una palanca, como en los controles de los videojuegos, pero en versión gigante y rústica.

Más que una máquina, los coches de madera son una suerte de artesanías gigantes, vehículos rudimentarios, que bajan a toda velocidad con unos niños a bordo, aturdidos por la adrenalina de la competencia, el grito de los miles de aficionados que se dan cita a los lados de la calle y la presión por llegar a la final.

En las calles vecinas, más que una competencia, se vive un festival popular, con los vecinos, con los familiares. Por donde se pasa se huele a pinchos (chuzos), cuero, hornado, canelazos... y se escucha, a todo volumen, la transmisión en vivo de la carrera. Un grupo de periodistas de radio está en la partida y otro en la llegada, junto al hombre de la bandera o a los cronometristas de la Concentración Deportiva de Pichincha.

Marco Aguilar Ventimilla, quien junto a su hermano Jorge (ya fallecido), empezó con las carreras en 1970, se pasea de un sitio a otro, disponiendo y organizando para que todo salga según lo planificado con la Empresa de Obras Públicas del Municipio. El Cabildo incluyó la competencia en 1973.

En el 2018 más de 70 competidores participaron en tres categorías: la A, de 6 a 9 años; la B, de 10 a 12 años, y la C, de 13 a 16 años. También una categoría de niñas.

Siempre hay quien se vuelca, se choca o se sale de la pista hasta darse con alguna pared; sin embargo, en este año, el accidente fue mayor. Un adolescente de 13 años que participó en la final del sábado pasado (1 de diciembre) se estrelló y está en el hospital bajo pronóstico reservado.

A la llegada de las mangas -de cuatro pilotos cada una- la emoción se apodera de los papás, mamás, familiares y amigos. En los balcones y en las aceras la gente se amontona y grita. Suben el volumen de los parlantes en los que se pasa sin interrupción la transmisión radial. Los conductores bajan a 40 o 50 kilómetros por hora... Un bloque de paja hace las veces de zona amortiguamiento. Si no se han dado contra los filos de la vereda, se dan contra él. Los campeones saltan y gritan su triunfo, los que no, caminan en busca de un abrazo de consuelo. Los coches de madera se amontonan en las esquinas hasta que los miles de asistentes, poco a poco, vacíen la calle y estos puedan ser llevados por sus dueños, quienes de inmediato -como si fueran ingenieros de Fórnula Uno- empiezan a ensayar modelos y adecuaciones para la competencia del siguiente año.

La carrera de coches de madera, un festival de adrenalina y cultura popular que cumplió 45 años en la agenda de Fiestas de Quito
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2018-12-06T10:17:37-05:00
Detrás de la línea de partida, a pocos minutos del arranque, decenas de pilotos -los más altos apenas si llegan al metro y medio de estatura- calientan y se concentran.
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