En Sauces III hay un castillo que es ícono del sector. Eduardo Campoverde es el dueño de la parrillada El Dorado. Este cuencano radicado en Guayaquil desde los 2 meses de nacido, toda su vida la ha dedicado al comercio. Recuerda que en su casa, en el centro de Guayaquil, sus padres tenían una despensa.

Durante una presentación de su grupo de teatro del colegio Mercantil conoció a Elizabeth Álava, quien se convirtió en su esposa. Este encuentro lo vinculó a Sauces III, hogar de Elizabeth y cuna de la parrillada El Dorado.

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Eduardo decidió incursionar en el negocio de la comida en 1991. Junto a su esposa instalaron el soda bar Elizachicken, que serviría para formar lo que años después se llamaría El Dorado.

Este soda bar funcionó en la casa de su suegra, en Sauces III. Aunque confiesa que al principio consideró tomar otro camino. “Pensé en hacer una carrera en el banco. Estuve trabajando en el Banco de Guayaquil y en el de Los Andes”.

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En la mañana trabajaba en un banco, mientras que en la noche atendía el soda bar. Él se dedicaba a la parte administrativa y Elizabeth hacía las hamburguesas, uno de los productos que más recuerda.

Debido al éxito que lograron con este negocio y atendiendo las exigencias de sus clientes decidieron ampliar el menú. Desde ahí comenzaron a ofrecer platos fuertes.

“Estuvimos diez años en el local pequeño, pero por el auge del local ya no tenía cabida para recibir a mucha gente porque comían hasta en la acera. Entonces me vi en la necesidad de hacer algo más grande, por eso compré aquí a 6 metros de mi primer local”, explica Eduardo, lo que motivó la compra del solar en la manzana 138 de Sauces III.

Para esto, Eduardo y su familia se habían trasladado a Samanes V, donde vivieron siete años hasta que en el 2004 decidieron cambiar de domicilio fuera de la ciudad.

En el 2000 compraron el terreno y en el 2001 pudieron inaugurar su restaurante. “Antes Sauces era desconocido. La idea era hacer algo notorio, que llamara la atención. Si bien no se acuerdan del nombre, se acordarán de la edificación”, explica acerca de la forma del castillo con la que diseñaron el local.

Eduardo recuerda que muchos de sus amigos cuestionaron la idea de construir un castillo, pero él mantuvo su idea.

El nombre El Dorado proviene del resplandor que tienen los pollos al salir de la cocina. “Yo comencé con el nombre de asadero, antes se los llamaba restaurantes y como aquí no había parrillada decidimos ponerle ese nombre”, dice.

En estos 21 años que tiene El Dorad, Eduardo guarda anécdotas que le emocionan contar. Ya no tiene mucho contacto con los clientes, sin embargo, aprovecha los momentos para enterarse de cómo está el servicio del restaurante.

“A veces he venido conversando con taxistas y les digo que me lleven a Sauces III y me dicen ‘a qué, en El Dorado’, y ahí me cuentan sus experiencias dentro del restaurante, acerca de la comida. A veces creen que mi esposa y su hermana son las dueñas. Se siente bien escuchar algo bueno, no les digo que yo soy el dueño para esperar algo positivo, sino al contrario, para escuchar lo malo. Es una tarea consultiva”, comenta.

También se ha encontrado con personas que recuerdan su primer local. “Eso a uno lo llena de orgullo y lo impulsa a ser mejor”, añade.

Confiesa que no todo ha sido fácil en su vida. Hace cuatro años retomó sus estudios luego de interrumpirlos por cumplir las obligaciones del hogar y del negocio. Es egresado de Ingeniería en Administración de Ventas de la Universidad Católica.

“Era una parte de mi vida que me faltaba porque he trabajado y me he dedicado como padre de familia, pero sí me faltaba esa área”, explica Eduardo, quien espera que sus hijos Eduardo, de 19 años, y Emily, de 12, sigan este ejemplo. De hecho, Eduardo ya colabora en el negocio.

Con 20 años en el sector señala que no hay muchos cambios. “Sauces no ha cambiado mucho. Cuando empecé el 80% de los clientes era del sector, ahora es lo contrario. En infraestructura está igual, pero las peatonales sí han cambiado”.

Además asegura que Sauces le gusta porque tiene su negocio y porque aquí se radicó y pudo crecer de manera profesional y humana en compañía de su esposa.

Dicen de él
“Mi papá es un hombre exitoso. Con mucho esfuerzo y años de sacrificio levantó el negocio. Ha sabido llegar y mantenerse en el nivel que ha estado”.
Eduardo Campoverde
Hijo