El pueblo afrodescendiente practica hace casi tres décadas una eucaristía que rememora sus orígenes, pero adaptado a la cultura local, ritual que no es muy conocido entre el resto de los católicos del país, sin embargo, busca ampliar su difusión.

En días pasados este Diario asistió a una misa dominical en la parroquia El Buen Pastor, fundada por los misioneros combonianos, en la cooperativa Esmeraldas Libre de Las Malvinas, en el sur de la urbe.

Publicidad

El pasillo de la capilla es iluminado por la luz solar, por donde ingresan en procesión dos hileras de jóvenes, vestidas con una falda que asemeja un bosque y una blusa blanca con arandeles. Ellas sostienen una vela y las encabeza la más pequeña, quien alza un crucifijo del Cristo Negro.

En la procesión, cuatro mujeres portan una cartulina con palabras como odio, temor, infelicidad y culpa, las que tras unos minutos se sitúan delante del altar, compuesto por un telar con motivos africanos, mostrando su reverso con significados opuestos: autoestima, perdón, comunidad y valor.

Publicidad

En esos momentos, una joven entrega la imagen al padre Antonio D’Agostino (vivió 10 años entre Uganda y Kenia), quien a su vez la muestra a los feligreses, mientras las jóvenes yacen arrodilladas en una plegaria.

Segundos después se inicia el canto de entrada, interpretado en lingala, una lengua aborigen centroafricana que los miembros del coro aprendieron de forma oral.

En 1988 fue aprobado el misal afro por la diócesis de la antes Zaire (actual Congo), lo que provocó que los rituales se masifiquen más dentro de los pueblos afrodescendientes.

Los momentos más emotivos son las coreografías alegres, que se presentan en el momento del acto penitencial, que representa el perdón por los pecados del pueblo africano, después de que los feligreses han interpretado el Ten piedad.

A la par, el sacerdote recibe de una danzante la Biblia y se incorpora a los movimientos desde el ambón (lugar desde donde se dirige la misa), acción acompañada por las sonoras palmas de los creyentes.

Los coristas visten trajes típicos africanos como túnicas y contagian con sus instrumentos étnicos como el bombo, cununo, guazá, maracas y otros.

“No cantamos al ritmo de la marimba, sino de arrullo para los santos”, explicó Gloria Arroyo, quien participa del ritual desde hace 25 años. Además, considera que se debería organizar en el estero Salado una romería náutica similar a la del cantón Limones, en la provincia de Esmeraldas.

Al avanzar la ceremonia llega el ofertorio, instante en el cual se deposita una canasta con alimentos alrededor del altar.

Hora y media después de la misa se da la Danza de la Virgen, en la que las adolescentes danzan con la imagen de Nuestra Madre de África (el sacerdote sale del templo), donde estalla en jolgorio, los instrumentos retumban por doquier y todos se reúnen en una esquina para continuar bailando por quince minutos más, hasta que el templo queda vacío.

Según el obispo auxiliar de Guayaquil y encargado de la Pastoral Afroecuatoriana, Iván Minda, en Esmeraldas la evangelización empezó en la mitad del siglo XX, mientras que en el país lleva más de 500 años.

Anunció que se construirá una iglesia en la cooperativa Nigeria en dos años, que tendrá comedor, canchas y escuela para adultos, en un terreno que cedió el Municipio.

La Arquidiócesis de Guayaquil editó el Devocionario Afro el año pasado. En julio, la ciudad albergará el Encuentro pastoral afrolatinoamericano.

Las misas son coordinadas por el Centro Cultural Afro, (Lorenzo de Garaycoa y Venezuela). Para más información llamar al 244-3085.

Población negra en la urbe

En el censo del INEC del 2010 la población en la ciudad se estableció en 2’350.915 personas, entre las que 166.869 dijeron ser afrodescendientes, por lo que hubo un incremento del 174% con respecto al anterior del 2001 (60.891 afros).

Otras parroquias afros

Santa Teresita del Niño Jesús y San Jerónimo (isla Trinitaria), San Vicente de Paúl (Cristo del Consuelo), San José Carpintero (Guasmo).