A la iglesia de Santo Domingo, la más antigua de Guayaquil, cuyos cimientos de piedra son de la época de la Colonia, cerca de la Boca del Pozo, donde comienza la histórica avenida Rocafuerte, concurrían todos los lunes de tarde los devotos de San Vicente de Ferrer.

Era una romería de personas de diferentes sectores de la ciudad que iban a poner “mandas” de plata que representaban piernas, brazos, orejas y otras partes afectadas de su cuerpo al gran taumaturgo y a rezar con mucha devoción.

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Si el famoso médico clínico Dr. Alfredo Valenzuela Valverde o el Dr. Tanca Marengo o el Dr. Ala-Vedra y Tama no curaban a alguien de su dolencia -algo raro por su prestigio-, pues allí estaba en el altar de ese templo la imagen de San Vicente. Agua bendita en botellas era recogida de una pileta próxima al mismo por los enfermizos.

En la Plaza Colón, donde funcionó la planta proveedora de Agua Contraincendios del Cuerpo de Bomberos, recuerdo que daban retretas las bandas de música de los batallones acuartelados en esta ciudad, con piezas del repertorio semiclásico y de nuestro cancionero popular, aires de la Sierra y pasillos costeños. Los hacían los jueves y domingos con la presencia de vecinos del barrio Las Peñas, del cerro Santa Ana y de la avenida Rocafuerte.

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Las domésticas que nos llevaban a pasear allá se encargaban de coquetear con los milicos mientras nosotros los muchachos jugábamos inocentemente.

Apuntes de Hugo Delgado Cepeda, historiador.

Pongo mi rosa roja sobre tu campo verde/ para unir tu cielo azul a mi mar blanco./

Y en tu corona de laurel más alto/  veo depositar al sol su luz en arco.

Vicente Espinales Tejena, portovejense