Tema
El ciego de nacimiento
Pasando junto a un ciego de nacimiento, sus discípulos le preguntaron: “Maestro ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?” Y Jesús les contesto: “Ni este pecó, ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios”.
Así comienza hoy el evangelio de la Misa. Y así, con esta explicación de lo que valoraban como un mal, les enseñó que todo tiene como fin la glorificación de Dios.
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Después Jesús, sin que ninguno lo pidiera, hizo lodo con saliva y polvo de la tierra, untó con él los ojos del cieguito, y le mandó que se lavara en el estanque de Siloé.
El ciego obedeció y recuperó la vista. Pero a Jesús no pudo verle en un primer momento. A quienes vio fue a los vecinos y a los que solían verle limosnear.
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Estos discutían sobre si él era el exciego o no. Y como el pobre no tenía documento alguno, ante el asombro general, decía imperturbable: “Soy yo”.
Tanto les desconcertó el exciego, que lo presentaron a los fariseos para que le investigaran. Y comenzó un calvario para el neovidente.
Ni le creyeron a él, ni a sus progenitores. Incluso le advirtieron que Jesús era tan solo un pecador. Pero el hombre respondió con mucha sensatez: “Si es pecador, yo no lo sé. Solo sé que yo era ciego y ahora veo”.
El interrogatorio – siempre en busca del culpable de la sabatina curación - solo terminó cuando echaron de la sinagoga al que fue ciego. Porque solo entonces las iras de los investigadores se calmaron.
Caminando por la calle, el sanado fue encontrado por su sanador. Y después que le reconoció como su misericordioso médico, le preguntó a Jesús: “¿Crees tú en el hijo del Hombre?”
Ya no era simplemente ver su aspecto humano. Era ya aceptar la condición divina del Mesías. Y por eso preguntó el exciego: “¿Y quién es, Señor para que crea en Él?”
Jesús le respondió: “Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es”. Entonces el sanado respondió: “Creo, Señor”. Y se postró ante Él.
Pasó de ser vidente a ser creyente. Destruyendo la peor de las cegueras, Jesús nos enseñó que su invidencia tuvo su razón de ser. Lograr que usted y yo –iluminados por la luz del mundo – no acabáramos perdidos en la oscuridad.