El 15 de enero de 1910, hace cien años, en las calles céntricas de nuestra ciudad comenzaron a correr los primeros tranvías eléctricos, que modernizaron el sistema de transporte urbano porteño cuyo predominio lo tenían sus similares de tracción animal, es decir los halados por mulas, con sus conductores llamados aurigas, breteros.
Al terminar la primera década del siglo XX se comprobó que el Puerto expandía sus límites urbanos y que su población también aumentaba.
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Por eso la necesidad de incrementar y buscar alternativas para el mejoramiento de ese servicio a cargo de la Empresa de Carros Urbanos de Guayaquil, que desde años lo mantenía.
Con el advenimiento de los carros eléctricos perdieron su hegemonía los tranvías tirados por mulares, en especial los llamados imperiales, un vehículo de dos pisos, y las góndolas, una plataforma descubierta con ocho asientos transversales, que corrían por un tendido de rieles algo planificado para beneficiar al mayor número de usuarios.
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En cuanto al horario de servicio y/o atención de los imperiales y góndolas, aquel no se extendía hasta la noche y correspondía los cocheros atender la demanda de transportación. Estos se apostaban en sitios conocidos -la plaza de San Francisco, por ejemplo-, para llevar y traer familias, parejas, etcétera, que cumplían compromisos sociales o cualquier otra actividad.
Generalizó la presencia de los carros eléctricos o tranvías a partir de aquel enero de hace una centuria, por el aporte de la Empresa de Luz y Fuerza Eléctrica, fue notoria la acogida del público.
Uno de los primeros recorridos que aún está en la memoria de algunos vecinos, es el que se hacía a lo largo de la calle de la Industria (actual Eloy Alfaro) y Pedro Carbo. Otros fueron los del Malecón y en la calle Chile. En 1928 correspondió al visionario Rodolfo Baquerizo Moreno, quien fundó la Empresa de Tranvías Eléctricos al comprar los activos de la Empresa Eléctrica del Ecuador Inc., que a su vez los había adquirido a la Empresa de Luz y Fuerza Eléctrica, estar al frente del tiempo en el que el servicio del tranvía eléctrico mejoró y amplió su atención al público, pues se viajaba en todas las direcciones por calles principales y secundarias. El pasaje, que después aumentó, costaba cinco centavos (medio real) y los pasajeros cumplían el pago en total orden. Los conductores o motoristas se esmeraban con las normas de educación y pulcritud.
Cuando arribaron los primeros automóviles y autobuses el tranvía desapareció, pero dejó recuerdos en nuestros abuelos, padres y guayaquileños que nacieron en los albores y en décadas antes de la primera mitad del siglo pasado. Así lo corroboran al hacer memoria los chiquillos de antes, cuando ejercitaban ‘diabluras’ con los carros, como desconectarles el ‘trole’ y dejarlos inmovilizados en plena vía, subirse de ‘pavos’ e incluso colocar tapillas de colas para que queden aplastadas y así convertirlas en los tradicionales zumbadores.
Un aviso publicado por Diario EL UNIVERSO en 1930 detalla el recorrido de una nueva línea de tranvía eléctrico, con la novedad de observar edificios y parques característicos de la metrópoli. El pasaje desde la estación en Quito y Julián Coronel hasta la estación del Barrio del Centenario, costaba 10 centavos de sucre. Los carros prestaban su servicio hasta las 24:00.
Sirvan estas breves líneas para evocar a la urbe antañona y dejar la vía libre para que muchos mayorcitos rememoren con sus familiares o amigos los románticos momentos del tranvía. Eso fortalecerá el amor por el terruño natal y el acercamiento a su memoria.