Lunes 27 de octubre del 2008 El Gran Guayaquil

Visitando el misterioso cementerio de los extranjeros que alberga 190 difuntos

POR JORGE MARTILLO MONSERRATE

El cementerio de los extranjeros se construyó en 1870 como un camposanto para recoger a aquellas personas de otros países que accidentalmente mueren en la ciudad y nadie reclama sus cuerpos.

Desde 1960 el cementerio de los extranjeros de Guayaquil es administrado por el Centro Cultural Ecuatoriano-Alemán.

En esa colina de tierra rojiza duermen el sueño eterno los 190 difuntos del cementerio de los extranjeros, en Julián Coronel y Ximena, a 200 metros del cementerio General de Guayaquil.

Cuenta Julio Estrada Ycaza, en la  Guía Histórica de Guayaquil , que en 1866 falleció en nuestra ciudad Edwar St. Jhon Neal, encargado de negocios de S.M. Británica, cuando su cuerpo era trasladado al camposanto, funcionarios eclesiásticos impidieron que sea enterrado porque era protestante. En esos tiempos, el cementerio era administrado por la Iglesia católica para uso exclusivo de sus feligreses. Este incidente provocó que en 1870 se construya el cementerio de los protestantes, años más tarde designado como cementerio de los extranjeros. A partir de la revolución liberal los cementerios son laicos. El nuestro es administrado por la Junta de Beneficencia.

Desde 1960 el cementerio de los extranjeros es administrado por el Centro Cultural Ecuatoriano-Alemán, presidido por José von Buchwald.

“El cementerio no es de ateos ni de judíos, simplemente se encuentran ciudadanos de algunos países que fallecieron fortuitamente en esta ciudad, sin familiares y sin medios económicos, otros son, en su mayoría, alemanes de familias residentes, que les gusta ser enterrados en fosas”,  se lee en una de las actas del Centro.

El miércoles anterior en los alrededores del cementerio general se vive ya el ambiente característico de vísperas del Día de Difuntos. La calle Julián Coronel está tomada por vendedores de flores, coronas fúnebres, tarjetas mortuorias, refrescos y comidas preparadas; el sector tiene un aire de feria popular. También se observa a los deudos que van a arreglar las tumbas de sus muertos.

Todo es diferente en el cercano y misterioso cementerio de los extranjeros.
Su puerta y cerca de hierro forjado está cerrada con cadena y candado.
Pero desde afuera se observan las tumbas sembradas en la colina, a ambos lados de las escalinatas que llegan hasta la cima donde se levanta un portón de cemento. Rechina la puerta al ser abierta por el quiteño José Andrade Cumbe, de 74 años, guardián y jardinero de ese cementerio desde hace 32 años, él tomó la posta cuando falleció su tío Francisco Figueroa, quien está enterrado –junto a su esposa– en la parte alta del panteón. Andrade vivió en el cementerio, en una casita de madera, que se cayó de vieja, ubicada atrás del portón de cemento, ahora acude todos los días a cuidar ciertas tumbas a petición de los deudos.

No le gusta hablar, como evitando despertar a los que descansan, pero confiesa que vivir y cuidar un cementerio es  tranquilo, “nunca he visto ni escuchado nada sobrenatural –dice Andrade–, solo hay que saber vivir entre los muertos”.

Al inicio de la colina se encuentra Joseph Warren Tyler, el primero en ser enterrado, en 1872. En lo alto de su tumba está un bellísimo ángel de mármol, pero una de las alas está rota.

Después de vencer 65 escalinatas de cemento, piedras y yerba se llega a la parte más alta, donde está el portón que algún día fue blanco y coronado por una cruz. Desde ahí se ve a la vida pasar por la calle Julián Coronel.

Casi todas estas lápidas tienen leyendas en diversos idiomas, como si fuese la derrumbada Torre de Babel. Según las estadísticas de José von Buchwald, este cementerio de 138 años alberga a 190 muertos: 12 sin nacionalidad conocida, 101 alemanes, 32 británicos, 7 daneses, 6 escoceses, 6 suizos, 4 ecuatorianos, 5 norteamericanos, 4 hebreos, 3 irlandeses, 2 franceses, 2 holandeses, 1 ruso, 1 noruego, 1 checoslovaco, 1 canadiense, 1 colombiano y 1 belga. Algunas tumbas lucen olvidadas, otras están resquebrajadas y las cruces yacen en la tierra a la sombra de árboles y palmeras. 

Ese miércoles solo una muchacha llegó a depositar una rosa sobre una lápida. Cuando la tarde declina,  José Andrade cierra la puerta de hierro forjado para que los 190 habitantes del cementerio de los extranjeros duerman en paz su sueño eterno y sean protegidos por aquel ángel de alas rotas.
El Gran Guayaquil

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.