Un lugar que nació donde los barcos atracaban y los marinos lo comparaban con La Habana.
“Toda la ciudad se equivoca sobre el barrio Cuba”. Así habla Miguel Cortijo Bustamante, quien nació en este lugar hace 65 años. Primero, sus límites no son los que mucha gente piensa. El barrio Cuba está contenido entre las calles Pancho Segura y Lindbergh, y desde Rosa Borja hasta Francisco Robles llegando al fondo donde el río invade la tierra. “Esto no incluye al camal, que en realidad es otro barrio”, observa Bustamante.
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En la calle Oriente terminaba Guayaquil. No había ninguna construcción. Todo era un pantano lleno de lodo. “Esto prácticamente era una selva”, asegura Juan Navarro, quien llegó al barrio cuando tenía 8 años y ahora a sus 72 visita cada día a su amigo para recordar los tiempos en que jugaba pelota en lugares que ya no existen y ahora son calles y casas ajenas.
La idea de inseguridad difundida sobre este barrio, según Navarro y Bustamante, es falsa. Eso tiene que ver con la proximidad del camal, que en opinión de los moradores del barrio Cuba, es la causa de esta reputación de peligro.
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Desde el interior, el barrio Cuba se vive como un lugar de felicidad, muy popular y alegre. Ante todo, con sus aproximadamente 100 años de vida, tiene una historia rica de recuerdos y eventos.
Su nombre evoca a las personas extranjeras que llegaban en las embarcaciones, ya que en esa época no existía el puerto marítimo en Guayaquil. Era una feria de barcos donde se canjeaba arroz, banano, madera de balsa, café, pero también se escondía el contrabando, otros llevaban chicas a los barcos.
Por todo ese ambiente, muchos de los marinos y visitantes encontraban gran similitud con La Habana, capital de Cuba. Parece que a alguien de tanto escuchar “Cuba, se parece a Cuba” le gustó la idea de llamarlo así, y de ahí nace ese nombre. Esa es una de las historias que Cortijo tiene de sus ancestros y cuenta con un placer obvio.
También están los recuerdos de cuando la calle Estrada Coello era como un bulevar por donde la vida pasaba feliz, era un lugar muy comercial. “Ahí la gente paseaba con sus mejores ropas y las chicas bien perfumadas. Nada es lo que era antes”, sostiene con nostalgia Cortijo, en tanto Navarro lo confirma.
En un viaje melancólico trae al presente cuando la Av. Domingo Comín se llamaba Av. Cuba y moría en la calle El Oro. “Con el cambio de nombre le quitaron parte de su identidad”, reflexiona.
El tiempo cuando la estación del tranvía quedaba por la calle Daule, en la parte de atrás del colegio Cristóbal Colón, que en esa época solo era una casa vieja, también viene a su cabeza. Todo era muy diferente de hoy.
Aquí la gente fue haciendo su casa poco a poco. “Yo le compré mi propiedad a un señor que se llamaba Sevedeo Naranjo, quien fue uno de los fundadores. Las casas eran de caña y madera. La transformación tiene que ver con la oferta de los políticos, cuando estaban en campaña venían con volquetes de tierra y el lugar se fue rellenando de a poco. Toda la ciudad ha cambiado, esto era un despelote”, dice con voz fuerte.
Están todavía presentes los momentos de una época cuando eran menos habitantes y había más calor humano, más respeto, cuando todos hacían colectas si un vecino enfermaba. “Ahora las cosas han cambiado, el barrio es demasiado grande, no son los mismos valores morales”, finaliza Cortijo.