Desde la calle Guillermo Cubillo, en Colinas de la Alborada, se puede observar el contraste: el centro pavimentado de la ciudad y el deterioro de las vías de esta ciudadela del norte.
En las Colinas los moradores viven entre charcos de lodo, la crecida maleza y las frecuentes enfermedades gripales y diarreicas.
Sentada en la entrada de su vivienda, Mercedes Sabando quiere que sus hijos no se ensucien de fango, pero no lo puede evitar. Los carros que transitan por el sector hacen que la piscina de lodo que se ha formado a menos de un metro de su hogar ensucien la vereda.
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“En esta vía solo tiraron tierra amarilla y pasaron el rodillo; con la primera lluvia esto parecía colada de máchica”, comparó Sabando, mientras abrazaba a su último hijo de 5 meses.
El tránsito de los buses de la línea 47 aumenta la profundidad de la zanja que cruza la calle.
“También pasan muchos carros particulares y se agranda el hueco, además el relleno que usaron era flojo y de mala calidad”, indicó Carlos Torres, de 46 años.
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Los dos hijos de Cinthia Plutarco se enfermaron de gripe y diarrea por más de una semana debido al polvo que levantan los buses en verano.
“Las cortinas y las puertas cerradas no son suficientes, simplemente hay que cambiarse de ciudadela, porque aquí no se puede vivir”, comentó Plutarco.
En el invierno los males de la piel son los más comunes en este sector, donde además falta participación de la ciudadanía para cortar la maleza crecida y formar canales de drenaje de aguas lluvias.
Los habitantes piden la atención inmediata de la Municipalidad.